jueves, 24 de diciembre de 2015

Conciencia y aborto (V). El segundo testigo: la razón.

 El segundo "testigo" que nos ayuda a distinguir lo bueno de lo malo es la razón La falsa razón de los sofistas busca cualquier punto de apoyo, cualquier idea, para construir un argumento y justificar lo que quiere. De paso, arroja todo tipo de sospechas para negar la contemplación de lo evidente y dificultar el trabajo de la razón verdadera.

 La verdadera razón, por el contrario, mira siempre directamente a la realidad de las cosas; contempla lo que son, y luego trata de comprenderlas para conocerlas mejor.

 Analizar lo que es el aborto es muy fácil para cualquiera que sea capaz de usar su razón sin obstáculos: ya todos sabemos -porque la ciencia nos lo ha mostrado- que empezamos nuestra vida cuando el espermatozoide fecundó al óvulo para formar el cigoto, es decir, desde la concepción. Y cada uno de nosotros sabe que si alguien hubiera acabado con ese embrión, hoy no estaría aquí. Es muy sencillo. Se pueden decir muchas cosas más para ayudar a personas confundidas, pero para quien quiere ver la verdad sin estar condicionado por otras conveniencias, con esto basta y sobra. Un aborto me habría matado, y no es ético matar.

 Por abundar en el tema, si miramos lo que es el ser que se mata con el aborto, se trata de un embrión o feto humano, un hijo, que tiene una carga genética propia, que le identifica como ser humano y como distinto de su padre y de su madre: una recombinación única de la carga genética recibida a partir de ambos. Bien, ya sabemos que no es "un embarazo" lo que se elimina con el aborto, sino un ser vivo, y que ese ser vivo es humano y distinto de la madre, por lo que no cabe invocar eso de que "cada uno puede hacer lo que quiera con su cuerpo". Como decía una pancarta de una manifestación provida en Hispanoamérica: "no es tu cuerpo, es tu hijo". Esa es la realidad.

 Por otra parte, no es ese embrión o feto que encontramos en ese momento lo único que se elimina, sino que eliminamos a una persona: al cortar su vida de raíz, no sólo le quitamos lo que es, sino lo que estaba llamado a ser. Es evidente y todos lo sabemos: si nos hubieran matado cuando éramos un embrión de unas horas, hoy no estaríamos aquí. La razón nos dice que el aborto elimina a una persona, es decir, el aborto es un asesinato.

 Un óvulo, en buenas condiciones de temperatura y medio ambiente, tiene una esperanza de vida de unas horas. Un espermatozoide, en buenas condiciones de temperatura y alimentación, tiene una esperanza de vida de unos cinco días. Pero una vez que el espermatozoide fecunda al óvulo, ese nuevo ser, producto de la concepción, tiene una esperanza de vida de unos ochenta años: ¡es una persona!

 Es claro que, al matar el embrión, estamos eliminando toda esa vida de la persona. Tertuliano, en el siglo II-III, lo expresa de esta manera:

 "No hay diferencia entre destruir una vida ya nacida o destruir una que está naciendo: quien será hombre, ya lo es".

 Vamos a abordarlo desde otro punto de vista: supongamos que no sabemos cuándo empieza la vida del ser humano. Me pregunto cuándo empecé a vivir. Pero lo qué si sé es que antes de formarse el embrión yo no existía, y ahora sí. ¿Cuándo se pasó de que yo no existiera a que sí existiera? ¿En el nacimiento? No, el nacimiento fue un cambio importante, pero ya existía. ¿En qué punto del embarazo, entonces? ¿En el sexto mes? ¿En el tercero? ¿Cuando se implantó el embrión en el útero, a los 5-6 días? En todos esos momentos no hubo cambios cualitativos, el embrión o feto crecía, pero no era algo sustancialmente distinto de lo que era ya un momento antes. Son cambios de lugar -implantación en el útero, nacimiento- o cuantitativos, de crecimiento y desarrollo. Sólo hay un cambio cualitativo, verdaderamente cualitativo, en todo ese proceso: la concepción, en la que un ser que antes no existía, empieza a existir en ese preciso momento. Antes sólo había dos gametos, el espermatozoide y el óvulo, células humanas que se ocupan de llevar la carga genética y generar la reproducción, pero que no son seres humanos en sí, son células específicas y especializadas. Pueden ser consideradas como otras células humanas, como los glóbulos blancos o las céllulas del hígado, las cuales también podrían vivir en un medio adecuado fuera del cuerpo, pero no son seres humanos en sí, ni pueden convertirse por sí mismas en un ser humano.

 Es llamativo cómo todas las justificaciopnes aparentemente racionales del aborto intentan precisamente nublar la razón, para que no actúe adecuadamente, para que no vea la realidad. Los proabortistas son generalmente reacios a entrar en discusiones racionales. Siempre intentan llevar la conversación al campo emocional o a otros, para pasar por alto el hecho de la realidad homicida del aborto.

 El argumento más usado es que el embrión o feto no es nada, no piensa, no siente, no sufre... Pero este argumento es pueril, porque si ahora no siente, en pocos meses sentirá; si ahora no piensa, en poco tiempo pensará; si ahora no sufre, en unas semanas sufrirá. Aun sin tener en cuenta que muchos abortos se hacen descuartizando al niño miembro a miembro cuando ya sí siente dolor, ese argumento no es válido. ¿Acaso una persona que está en cuidados intensivos no es humano porque ahora no piensa, no siente o no sufre? En unos días despertará curado; ¿se le puede matar ahora que no sufre? Y ¿cuando dormimos, se nos puede matar sin sufrir? Es absurdo. Olvidan estas personas que si matamos a ese embrión no matamos sólo un embrión, sino que acabamos con la vida de ese que será niño, joven, adulto, anciano... ¿Cómo decimos que es un "amasijo de células"? Ese "amasijo de células" tiene una identidad genética, una programación interna que le constituye en el principio de una vida humana. Es como si dijéramos que la partitura original del "Himno a la Alegría" de Beethoven fuera sólo "un papel emborronado". Es una simpleza tan basta que no resiste el menor análisis, salvo que uno quiera engañarse a sí mismo y a los demás.

 El aborto es el asesinato de un ser humano inocente e indefenso, es más, es el asesinato de un hijo, querida por aquellos que tienen la sagrada misión de cuidar de él con amor -sus padres-, y perpetrada por aquellos que tienen la profesión de cuidar la salud y la vida humana: los profesionales de la medicina. Y, a día de hoy, facilitada por leyes hechas por quienes tienen el encargo de servir a todos y cacarean bellas palabras sobre una supuesta "igualdad". Es muy evidente que el aborto es una discriminación criminal de seres humanos por razón de su edad.

 Podríamos dar muchos argumentos más, pero con estos es más que suficiente para ver que el segundo testigo -la razón bien utilizada- nos afirma claramente que el embrión o feto son seres humanos y que acabar con su vida es un asesinato totalmente contrario a la ética.

 Hay un argumento más que pueden utilizar los abortistas -y que todos tienen en su fuero interno-: "Aunque le quitemos su vida, él no se va a dar cuenta jamás de lo que se le ha quitado, nunca va a sufrir ese asesinato. Y pensemos en lo terrible que es para una chica que ha cometido un error tener que hacerse cargo de un niño sin estar preparada. Lo mejor que podemos hacer para todos es recurrir al aborto, o al menos dejar que cada uno decida". En el fondo se está justificando el asesinato, y lo que subyace en el fondo es la idea de que matar no está mal en algunas situaciones, como esta, en que el asesinado nunca llega a saberlo, y su vida supondría gravísimos inconvenientes para otros.

 Realmente, eso nos remite a otra pregunta más profunda, que es la que realmente está debajo: ¿matar está mal? Podríamos decir que no es ético hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. Eso lo aceptan prácticamente todos, pero dirían que ahí el asesinado no llega siquiera a "no gustarle" lo que le van a ahcer o lo que le han hecho. En cualquier caso, ¿te gustaría a ti, que estás vivo hoy, que te hubieran abortado, antes siquiera de haberte dado cuenta de que existías? No se puede responder que sí, a menos que se desprecie profundamente la propia vida. Y a veces, precisamente eso es lo que ocurre; es bastante comprensible que quien -a veces por profundas heridas personales, o por una falta de sentido- no tiene aprecio a su propia vida, no comprenda el imperativo moral de respetar la de los demás.

 En un sentido profundo, la sacralidad de la vida humana, que se puede percibir directamente sin ser una persona religiosa, se basa totalmente en el hecho de que el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios. No es extraño que quien cae en el error racional de no creer en Dios, no llegue a encontrar un sustento para la razón que suponga una negativa moral al asesinato. Como decía aquel personaje de Dostoievski, "si Dios no existe, todo está permitido". Eso no quiere decir que las personas que no creen en Dios no puedan tener una buena moral: como hemos visto, tienen la conciencia íntima, y son capaces de percibir por sí mismos el valor infinito de toda vida humana, pero no son capaces de sustentar esa moral con la sola razón. Perciben la moral dentro de sí mismos, y perciben la realidad del mundo y del ser humano en sí mismos y en otros, y a partir de esas percepciones pueden usar la razón para concluir que el aborto, la esclavitud o el robo están mal, e incluso pueden apoyarse en su conciencia íntima que les lleva a rechazar el mal... pero no pueden remontarse racionalmente a la causa primera por la que eso es así. Esa realidad es la ley eterna de Dios, la realidad que Él ha creado por su buena voluntad, el hecho de que nos ha creado a cada uno por amor, y ha puesto en nosotros su designio de amor, para que vivamos amándole, amándonos unos a otros y amando su creación.

sábado, 19 de diciembre de 2015

¿Es ético contemporizar con el aborto?

 El problema ético surge por el programa del partido Vox para las elecciones de Diciembre de 2015. Presuponiendo las mejores intenciones -no tiene por qué ser de otra manera-, este partido se propone llegar a acabar con el aborto, según su lema: "aborto cero". Pero, quizá porque no ven otra cosa factible a corto-medio plazo, se proponen primero volver a la ley española anterior a la vigente ley Aído-Rajoy.


 La duda surge inmediatamente: ¿es esto éticamente asumible?

 Para defender esa postura, podría alegarse que prohibir el aborto totalmente, tal como están las cosas en la actualidad, generaría una serie de problemas tan graves, que se formaría una corriente contraria y finalmente no se podría sostener, y podría resultar contraproducente.  Imaginamos a las mujeres yéndose a abortar a Francia o Inglaterra, y los partidos denunciando la discriminación de quienes no puedan pagárselo, etc.

 Sin embargo, ¿tenemos derecho a aceptar la muerte de un solo inocente, a mantener su inicua y criminal desprotección para evitar todos esos problemas?

 Parece que al hacer eso caemos precisamente el mismo error que se incurre al abortar: creer que el hombre tiene el deber de controlar todos los aspectos de su destino, aunque para ello tenga que disponer de la vida humana. El gran problema de nuestro tiempo, precisamente, es que el hombre se pretende erigir en auto-salvador a cualquier precio. Lo expresa así el número 675 del Catecismo de la Iglesia Católica:
"Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12;1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22)".

 Cristianos o no, no tenemos derecho a autorizar la muerte de un solo inocente, aunque como resultado de su protección esperásemos revueltas, desastres e incluso la muerte de más inocentes. Pero no nos es lícito participar aceptando, como autoridad, la muerte de uno solo de aquellos inocentes que tenemos el deber inexcusable de proteger. La civilización, la política, el orden social, sólo tienen sentido si se protege a los indefensos. Hacerlo de otro modo es minar los cimientos de nuestra civilización, aunque se haga con la mejor de las intenciones. Los que queremos salvaguardarla no podemos caer precisamente en el error del enemigo.

 Como mal menor, unos legisladores sí podrían aceptar eso -pero jamás proponerlo- si se les da a elegir entre dos propuestas cerradas, ante el gobierno de otros, estando en minoría y manifestando su disconformidad. Pero no es ético proponerlo uno mismo. Ese programa del partido Vox en este aspecto parece un gran error. Y no es un error menor, sino en uno de los cuatro "principios no negociables" que señaló Benedicto XVI: es decir, es uno de esos principios sobre los que no podemos contemporizar, no podemos negociar y que no se respeten.

"...el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas (ver Evangelium Vitae). Estos valores no son negociables".

Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, nº 83, Benedicto XVI, 20007.


 Recientemente, se produjo algo similar en España. El Ministro de Justicia, Sr. Ruiz-Gallardón, presentó una propuesta de ley del aborto que prácticamente volvía a la ley de 1985 y además eliminaba algunos supuestos, como los eugenésicos, que a día de hoy se llevan la vida del 90% de los niños con síndrome de Down, restringiendo también las condiciones de su aplicación para evitar el enorme fraude en el supuesto de riesgo para la salud de la madre. ¿Era lícito colaborar en proponer una ley así? Contra esto argumenta claramente Monseñor Reig Pla de esta manera:

 "Se debe aclarar que no es justificable moralmente la postura de los católicos que han colaborado con el Partido Popular en la promoción de la reforma de la ley del aborto a la que ahora se renuncia. La Encíclica Evangelium vitae del Papa San Juan Pablo II no prevé la posibilidad de colaboración formal con el mal (ni mayor ni menor); no hay que confundir colaborar formalmente con el mal (ni siquiera el menor) con permitir ‒ si se dan las condiciones morales precisas ‒ el mal menor. Dicha Encíclica (n. 73) lo que afirma es: «un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. […] En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos».  
"Llamar a las cosas por su nombre. Un verdadero reto para los católicos". Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares, 2014.
  Aunque aquí se expresa Mons. Reig Pla refiriéndose a los católicos, añadimos que este resulta un cuestionamiento ético para toda persona, ya que el deber de respetar y defender la vida humana no es un precepto religioso, sino una consecuencia de la realidad misma del ser humano, una cuestión de ley natural.

 Finalmente, con estos argumentos, reconociendo la dificultad del tema y presuponiendo la mejor de las intenciones, concluimos que no es ético, para quien desea ejercer la autoridad pública, contemporizar con el aborto de una sola persona. Autorizar la muerte injusta del inocente, aunque fuera para evitar males que podrían suponerse mayores, sería en sí un mal terrible: hacer esto simplemente no está en su derecho, como no está en el derecho de una pareja plantearse el aborto de su hijo. Se trata, por tanto, de un tremendo error esencial.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Conciencia y aborto (IV): el primer testigo (b): confesión, justificación, reparación


Liderados por el arrepentimiento y el dolor del mal cometido, que los creyentes identificamos como "pecado", otros tres movimientos psicológicos nos ayudan a salir de la trampa cuando hacemos algo mal: son el deseo de confesión, de justificación y de reparación.

El deseo de confesión nos mueve a contar lo malo que hemos hecho a otra persona, a alguien de confianza. Es evidente que nos sirve para buscar ayuda en alguien que nos ama. ¿Sucede esto con las personas que se arrepienten de un aborto? Afortunadamente, sí. Gracias a eso, acuden a programas de sanación integral para personas con este tipo de sufrimiento post-aborto.

Sin embargo, a veces el arrepentimiento es aún muy incipiente, y las personas a las que acuden para compartir un dolor tan íntimo reaccionan de forma inadecuada, como si fuera de tontos el sentirse mal por un aborto provocado. En ocasiones piensan y exteriorizan respuestas como: "bueno, cometiste un error, lo arreglaste (abortando) y ya está, olvídalo y no le des más vueltas". Con eso, el proceso de sanación de esa persona puede quedar frustrado, se sentirá aún más sola y se lo guardará todo, lo cual no va a hacerle ningún bien.

Otra situación diferente es la de aquellas personas que se niegan al arrepentimiento, que consuelan su dolor de otra forma, porque en ellas, el dolor sigue por dentro, y el deseo de confesión se mantiene. Pero en este caso, pueden llegar a contar su historia para autoafianzarse en lo que han hecho, decir que estuvo muy bien, que lo volverían a hacer. Pueden causar escándalo y llevar a otras personas a engañarse, a pensar que el aborto es una solución y que no pasa nada, que es como ponerse un empaste en una muela, lo cual es evidentemente falso. Hay un gran componente de engaño -empezando por el propio autoengaño- en esas actitudes, que resulta fácil de detectar. A menudo se justifican diciendo que el aborto está bien y que el dolor por haber abortado no es más que el reflejo de una educación represora en ese sentido.

Pero "dime de qué presumes y te diré de qué careces..." Por supuesto que la educación que recibimos es a menudo contraria al aborto, como es contraria al robo o a la mentira, pero los procesos de arrepentimiento y dolor post-aborto no se dan solamente en personas que han recibido esa educación. Se dan en todo tipo de personas, incluidas aquellas que no han recibido ninguna educación contra el aborto. Y si hablamos de represión, precisamente lo que se está reprimiendo en estos casos no es el aborto que ya se ha hecho, sino la propia conciencia, negándose a escucharla. La represión de la propia conciencia es una fuente de abundantes problemas psicológicos, que por desgracia algunos tratan de sanar reprimiéndola aún más -como si tener conciencia fuese algo enfermizo-. en lugar de hacerle caso y apartarse del mal cometido. Al contrario: dolerse por un aborto no es ningún síntoma de enfermnedad mental, todo lo contrario, es muestra de tener una psique bien configurada y sana. Puede convertirse en culpa enfermiza si ese dolor natural se reprime y se trata de negar o de ocultar por todos los medios, haciendo como si no existiera. Todo dolor natural, físico o psíquico, nos ayuda a evitar lo que nos daña y a procurar sanarnos.

El tercer mecanismo que hemos comentado es el deseo de justificación. Bien entendido, no se trata de buscar excusas al aborto que se cometió, sino que es fruto del arrepentimiento, que nos lleva a hacernos de nuevo justos, sentirnos de nuevo buenos. Y para sentirnos de nuevo justos, buenos, queremos por supuesto no volver a hacerlo, pedir perdón, sentirnos perdonados y expiar nuestra culpa, pagar por ella de alguna forma. Tras un aborto, necesitamos ser perdonados por ese hijo, por las personas a quienes ha afectado... y necesitamos eso que algunos llaman "perdonarse a uno mismo" y que en realidad es acoger ese perdón. Pero no nos sentiremos del todo perdonados si no recibimos explícitamente el perdón de quien muchos -incluso personas aparentemente poco creyentes- reconocemos como la verdadera y única autoridad capaz de perdonarnos absolutamente, y eso significa que queremos ser perdonados por Dios.

Como en otros casos, cuando ese movimiento de justificación es reprimido, aparecen sustitutos nada "amistosos" ni benéficos. Uno de ellos es precisamente pensar que la única salida a ese aborto era habernos destruido a nosotros mismos, y desear ferviertemente haberlo hecho. Hemos escuchado pensamientos de mujeres que desearían haberse dedicado a la prostitución para poder independizarse y evitar ese aborto al que se sintieron movidas por su entorno, u otras que desearían incluso haberse muerto. Son inicios de pensamientos autodestructivos, malos sucedáneos del deseo de justificación, cuando la persona se siente inmerecedora del perdón. En este punto, no hay nada que pueda sustituir verdaderamente el perdón gratuito que nos viene de Dios, no porque nosotros lo merezcamos, sino porque Jesús lo mereció para nosotros en la cruz, y porque Él, en su infinita misericordia, quiere perdonarnos, quiere que vivamos.

"Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 18,23).

En otros casos, cuando la persona se niega a arrepentirse, el deseo de justificación se puede transformar, intentando convertir en justo el aborto. El deseo de confesión se une al proceso y la persona se convierte en una defensora acérrima del aborto, recomendando abortos en cualquier circunstancia. Así encontramos a médicos que en su día cayeron en aceptar un aborto, y ahora recomiendan abortar por cualquier causa, como la toma de un medicamento que apenas tiene riesgo, la aparición de cualquier posible anomalía de dudosa relevancia en la ecografía, o por la aparición de enfermedades como la varicela, cuyo riesgo de producir problemas en el niño es menor del 2%. Es algo que hemos comprobado en diversos medios sanitarios y en numerosas ocasiones. Estas actitudes parecen consecuencia de una conciencia reprimida, que trata de autojustificarse ganando la aceptación de todos hacia el aborto, e incluso señalando a los que no están de acuerdo como malvados represores de la libertad. Si conocemos un poco de lo que ocurre, veremos que les importa poco el bienestar de las personas a las que a veces llegan incluso a presionar para que aborten, y que es su frustración interna la que les mueve. Por desgracia, esto es frecuente y hace mucho daño.

Hemos hablado antes del deseo de pagar por lo que se ha hecho. Puede ser difícil de entender, pero entra dentro del sentido de la justicia que todos tenemos. El sentido de que un crimen precisa un castigo es algo más profundo que un mero razonamiento. El problema es que cuando el hecho es muy grave, llegamos a darnos cuenta de que nada de lo que podamos hacer puede realmente pagar lo que hemos hecho. Los cristianos sabemos que precisamente por eso Jesús murió en la cruz y pagó lo que nosotros éramos incapaces de pagar, y que lo único que hemos de hacer es aceptar ese don, ese regalo. Por contra, en el post-aborto, encontramos a veces a personas que no quieren ser consoladas, que saben que están mal pero que quieren seguir estando mal, como autocastigo. Evidentemente, es una forma autodestructiva de vivir ese proceso, y se manifiesta no pocas veces en conductas autolesivas, como la promiscuidad sexual, las adicciones o incluso los abortos repetidos, de los que hemos hablado antes.

Finalmente, el último proceso psicológico, que sigue a la justificación y la completa, es el deseo de reparación. Reparar es tratar de deshacer el daño que se ha hecho. Muchas personas se lamentan de no poder devolverle la vida a ese niño, pero es un gran consuelo poder actuar de verdad como madres o padres con él, rezando por él, encomendándoselo a Dios.

En definitiva, vemos como los cuatro procesos psicológicos -arrepentimiento, confesión, justificación y reparación- son saludables y los observamos en la realidad del post-aborto. Los cristianos reconocemos fácilmente en ellos la acción de la misericordia de Dios, que nos mueve al arrepentimiento, a rechazar el pecado, a confesárselo a Él a través del sacerdote. Así recibimos su perdón explícito y nos sabemos y sentimos justificados por los méritos de Cristo en la cruz; así nos convertirnos y contribuimos a reparar de alguna forma lo que hemos hecho.

Cristianos o no, la realidad es que el testigo de la conciencia íntima lo tenemos todos, y si lo estimulamos contemplando lo que es un aborto y le escuchamos sin acallarlo con prejuicios, nos declara sin duda que el aborto es malo.

Pero tenemos cuatro testigos: preguntemos al segundo...

sábado, 12 de diciembre de 2015

Conciencia y aborto (III): el primer testigo: (a) conciencia íntima y arrepentimiento



 Todos tenemos conciencia. Si fuésemos capaces de escucharla sin interrupciones, distracciones ni ruidos, sería infalible para indicarnos dónde está el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. La conciencia nos produce un rechazo directo, visceral, emocional, ante el mal contemplado.

  Pero la conciencia íntima, que tiene esta forma de actuar tan "primaria", tan pura e ingobernable, necesita ser estimulada directamente. Necesita la proximidad del hecho, el conocimiento o contemplación directa. No soporta que el vecino de al lado, al que conoce, esté muriendo de hambre, e inmediatamente nos movería a llevarle un bocadillo, pero se inmuta menos por una muchedumbre muriendo de hambre en un país lejano, a los que no ha visto las caras. Por eso los anuncios que tratan de estimular la conciencia para suscitar nuestra ayuda nos muestran imágenes que nos hagan ver sensiblemente lo que ocurre, que nos hagan "tomar conciencia".

 Si queremos saber qué dice este testigo del aborto, lo mejor que podemos hacer es exponernos a conocer qué es realmente un aborto, ver una película o algo similar. Hay muchas en Internet. La primera que se hizo fue "El grito silencioso", la ecografía de un aborto grabada por uno de los médicos más promotores del aborto en la historia, Bernard Nathanson, por pura curiosidad. Ver aquel vídeo cambió totalmente su forma de pensar y de actuar. Dejó el aborto y dedicó el resto de su vida a luchar contra él.

 Basta decir, para ver que la conciencia íntima nos hace rechazar visceralmente el aborto, que los vídeos de abortos son un potente material provida. Los abortistas no ponen vídeos de abortos ni muestran fotos de abortos para ganar adeptos; al contrario, todo su afán es ocultarlos. Es más, todo el afán del abortismo es ocultar en el lenguaje lo que se está haciendo. Nunca dirán, por ejemplo, "tu hijo tiene ocho semanas", sino "tienes un embarazo de ocho semanas", para que parezca que se va a acabar con un proceso fisiológico, no con la vida de ese hijo.

 La conciencia íntima actúa también después de haber cometido el acto malo, ¡y de qué forma! Como nos señala Budzizewski, los griegos la introdujeron en sus tragedias con la figura de las "Erinias" o "Furias" que perseguían sin dar descanso a aquél que había cometido un crimen, y no le dejaban en paz hasta que reconocía su culpa y pedía perdón; entonces se transformaban en benéficas "Euménides". Ahí podemos ver el símbolo de cuatro mecanismos psicológicos que nos ayudan a retomar el camino de vuelta al bien: el arrepentimiento o dolor del mal cometido, el deseo de confesión, el deseo de volver a hacernos justos, buenos, y el deseo de reparar en lo posible lo que hemos hecho. Estos cuatro mecanismos son la clave para muchas conductas humanas, aparentemente difíciles de explicar.

 El primero de estos mecanismos es el arrepentimiento, un dolor íntimo. Este nos lleva a reconocer que lo que hemos hecho está mal, y su misión es sacarnos de ese mal camino. El arrepentimiento nos da esperanza, nos mueve a salir de ahí. Decía el periodista Jesús García, colaborador provida y participante en el vídeo "La Batalla de la Vida": "conozco a muchas mujeres que se han sometido a un aborto y se han arrepentido, pero no conozco a ninguna que haya tenido a su hijo y se haya arrepentido, ¡todas están con su hijo...!

Sin embargo, muchas veces estas mujeres -y hombres- reprimen ese dolor, ese arrepentimiento, bien movidas por su entorno, al que se ven incapaces de superar, bien por su debilidad, porque se ven incapaces de asumir algo tan horrible, o bien voluntariamente, porque no admiten que lo que hicieron está mal. Cuando la conciencia íntima se reprime en el arrepentimiento, el mecanismo psicológico es de negación o bien todo lo contrario, de autoafirmación,

La negación consiste en ocultarse a sí mismo/a lo que ocurrió, taparlo, no pensar más en ello, incluso negarlo, convirtiéndolo en un tabú para uno mismo. Teresa Burke, una psicóloga que ha tratado a cientos de mujeres con síndrome post-aborto, refiere estos fenómenos de negación tan fuertes en mujeres que han abortado en su libro "Mujeres Silenciadas", una obra pionera en la sanación psicológica post-aborto.

La autoafirmación consiste en todo lo contrario, considerar que lo que se hizo estaba bien, pero recordemos que la conciencia por dentro está produciendo ese dolor. Por eso, el dolor necesita ser negado, reprimido o consolado por otros medios. Una política española, defensora del aborto, contaba cómo se había sometido a un aborto y se había consolado yendo de tiendas y "tirando de tarjeta", es decir, dándose el capricho de comprarse ropa, etc. Es conocido cómo muchas personas relacionadas con el aborto, mujeres que han abortado y personal que trabaja en abortorios, son proclives a caer en el alcohol y las drogas, o en relaciones sexuales promiscuas. Es una forma de buscar un falso consuelo para ese dolor. Y otra forma muy conocida de llenar ese vacío, que constatamos todos los que trabajamos en la causa provida, es buscar un nuevo embarazo. Muchos abortos se dan en mujeres que ya han tenido uno o varios abortos anteriores. En nuestra ciudad, una colaboradora habló en la consulta del ginecólogo con una mujer que se había sometido a cinco abortos. Es más, una médico abortista reconoció a una voluntaria provida que una de sus "clientes" se había sometido ya a ¡14 abortos!

 Las personas que no conocen este mundo del aborto, juzgan fácilmente a estas mujeres como si fueran monstruos; pero Esperanza Puente, testigo del aborto en primera persona, insiste en que "todos los siguientes abortos son cosecuencia del primero". No se trata de una "afición" al aborto o una falta completa de sentimientos, sino de un mecanismo psicológico que atrapa a la persona. En los casos más repetidos existe incluso un componente autolesivo del que hablaremos más adelante, porque es consecuencia de otro mecanismo distinto. La mujer, consciente o inconscientemente, busca el nuevo embarazo para aliviar ese dolor y vacío que le produjo la pérdida de su hijo. Pero cuando queda embarazada, se encuentra exactamente en la misma situación de debilidad, dificultad y falta de apoyo que hizo que la cosa acabara mal la primera vez. Y, o bien llega a tener una ayuda que la primera vez no tuvo -eso sucede cuando acude a una asociación provida, como Proyecto Ángel-, o acabará abortando otra vez.

 Cuando al arrepentimiento positivo, que trata de sacarnos del mal, la persona no le permite o no le encuentra una salida, se convierte en culpa, que llega a ser patológica, enfermiza. La diferencia entre el arrepentimiento y la culpa es que el primero se vive con esperanza y mueve a cambiar a la persona. La culpa, por el contrario, se vive sin esperanza, es estéril y sólo lleva a la autodestrucción. La diferencia más ejemplar entre el arrepentimiento y la culpa la encontramos en el relato de la Pasión de Jesucristo, entre la traición de San Pedro y la traición de Judas. San Pedro se arrepiente por haber negado que conocía a Jesús, llora su culpa y sigue adelante, cambia y hasta tendrá ocasión de expresar de nuevo su amor a Jesucristo resucitado, llorar ante él su traición y, finalmente, dar valiente testimonio de Jesús con su propia vida. Judas, en cambio, se llena de culpa por haber entregado a Jesús, no ve salida porque desconfía de la misericordia de Dios, carece de esperanza y acaba ahorcándose.

 El dolor del aborto a veces se convierte en culpa, en producto de un grito reprimido de la conciencia, y se traduce en depresión. El Instituto Elliot de Investigaciones Sociológicas comprobó científicamente en EEUU el aumento de los casos de depresión, ansiedad e intento de suicidio en mujeres que habían abortado, en comparación con aquellas que dieron a luz a sus hijos. Más recientemente, en Suecia, se registró un aumento de suicidios en mujeres a causa del aborto. En la práctica se observa también un fenómeno revelador que se ha llamado la "depresión del aniversario". La mujer calcula cuándo nacería su hijo y se deprime fuertemente cada vez que llega esa fecha, a veces sin ni siquiera darse cuenta ella misma que es por el aborto. Otras veces son detonantes los que desencadenan esa depresión: ver una madre con su bebé, ver un cartel, que una amiga tenga un hijo, etc. En ocasiones esto pasa años y hasta décadas después del aborto, como una olla que explota, sacando fuera toda la presión y dolor acumulados. Muchas veces, se producen somatizaciones, es decir, síntomas de diverso tipo, físicos, que se deben a ese dolor psíquico, a esa represión de la propia conciencia.

Es frecuente que las mujeres lloren a solas, en el cuarto de baño, en la ducha, como consecuencia del aborto. Algunas llegan a llorar todos los días durante mucho tiempo. Una chica de diecinueve años escribió a un foro provida para pedir ayuda, y nos contó que llevaba un año llorando ¡todos los días! También son frecuentes las pesadillas, los despertares nocturnos con mucha agitación, típicos del síndrome de estrés postraumático, etc. Todo esto, incluido el deseo de estar muerta, son manifestaciones que se ven reflejadas en la canción de Nena Daconte, "¿En qué estrella estará?" Adjuntamos el vídeo, y más adelante trataremos sobre la segunda "erinia", que es el deseo de confesión. De momento, queda claro que esta primera, el dolor por el aborto, existe y nos aporta un primer dato de la conciencia íntima, que nos dice que el aborto está mal. Por cierto, no se da sólo en mujeres, aunque en ellas sea más evidente: los hombres acuden también a pedir a yuda a programas de sanación cristiana post-aborto, como el Proyecto Raquel de Spei Mater.

Resulta muy evidente para los cristianos que esta conciencia de la que hemos hablado, y que nos hace gustar el bien y odiar el mal, es como un "sello" -usando la palabra de San Agustín- puesto por Dios en el corazón de todos los seres humanos. Es más, el cardenal Newman, hoy beatificado y citado por el Catecismo de la Iglesia Católica en su carta al Duche de Norfolk afirma que "la conciencia es el primero de los vicarios de Cristo". Es decir, el que escucha a su conciencia, aun sin saberlo, está escuchando al mismo Cristo, el Verbo, la Palabra de Dios. Así podemos entender que, a la pregunta del Apóstol San Judas Tadeo (no el traidor), que andaba preocupado por el problema de que Jesús no se manifestara Él mismo a todo el mundo, el mismo Jesús le respondió: "si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él" (Juan 14,23). Escuchar la propia conciencia, para uno que no conoce a Jesús, es una forma de "guardar su palabra" y de llegar a ser habitado por Dios.

También es muy claro que la conciencia íntima, debilitada en el ser humano por el pecado, puede quedar pisoteada por la insistencia en el mismo. Quien está acostumbrado a pisotear su conciencia en numerosas ocasiones, ya casi ni la oye cuando comete atrocidades. Comentaba un ex-pandillero colombiano, que la primera vez que le encargaron matar a un hombre temblaba todo entero, que tuvo que gritarse interiormente para acallar la voz de su conciencia mientras iba a hacia él y que, como ciego, descargó su cargador sobre aquel hombre. Las siguientes veces fue mucho más fácil, su conciencia pisoteada casi ni le hablaba,,,

En cambio, la conciencia, tan débil en todos por el pecado original, es restaurada en su fortaleza por la gracia de Dios, por él encuentro con Él. Una de las señales más "visibles" de la gracia invisible es que la persona que la recibe empieza a darse cuenta de lo que ha hecho mal y se arrepiente, cambiando de vida, a menudo sin que nadie le tenga que recordar que aquello estaba mal. Muchas personas, a raíz de un encuentro con Jesucristo, nos hemos arrepentido de responsabilidades relacionadas con el aborto. La misericordia de Dios todo lo perdona, lo sana... y hasta lo cambia para el bien. Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, ¡todas! (cf. Apocalipsis 21,5).

video

Conciencia y aborto (II): el conocimiento del bien y del mal.


 Decíamos que existe una realidad moral objetiva que nosotros no inventamos ni acordamos, sino que encontramos, investigamos, descubrimos y reconocemos. Esta es la realidad observable, y es así sea uno cristiano, budista o ateo. Aunque uno piense que matar no está mal, que la moral es un mero invento humano, hará mal si mata, y esta es una realidad tan clara como que se caerá si avanza sobre un precipicio, crea o no en la ley de la gravedad.

 Es más, al contemplar esa ley moral objetiva, lo que estamos contemplando, aun sin saberlo, aun sin creer en Dios o sin creer en un Dios legislador y justo, no es más que esa ley eterna que el Creador, Dios, ha insertado en la propia naturaleza humana. No hace falta creer en Dios para contemplar la existencia de la ley moral, pero sería absurdo e injusto hablar de ella y ocultar su origen divino.

 Ahora bien: ¿es posible para el hombre conocer esa ley moral? ¿es posible para él conocer lo que está bien y lo que está mal? Es evidente que tiene dificultades para conocerlo, y esas dificultades son de dos tipos: intrínsecas y extrínsecas.

 El problema intrínseco para conocer con certeza si algo está bien o mal es la propia fragilidad y debilitamiento del entendimiento humano. A veces, el hombre se equivoca involuntariamente, por defectos en su contemplación o en su capacidad lógica.

La segunda dificultad, extrínseca, es su propia conveniencia, la lucha interior que mantiene el hombre contra su tendencia a hacer cosas malas que cree que le convienen: quiere agredir o matar para evitar a quien le molesta, quiere coger lo que no es suyo o ser injusto para satisfacer sus apetencias, para ser más rico o más poderoso, quiere eludir sus responsabilidades para vivir más tranquilo y descansado, etc. Todo eso le facilita el autoengaño, y atiende más a razones falsas que le justifican el mal, que a las verdaderas razones que se lo muestran como es. Decía San Agustín, irónicamente: "lo que queremos es bueno, y lo que nos gusta, santo".

 Que el hombre puede equivocarse, autoengañarse o dejarse engañar por otros al reconocer si algo está bien o mal, es algo que todos, cristianos o no cristianos, podemos observar. Los cristianos, además, sabemos que esto es debido a que la naturaleza buena con la que fuimos creados, está herida por el pecado, y eso nos hace tender al mal, y autoengañarnos. Es más, nuestro conocimiento está debilitado, y tenemos dificultades reales para reconocer la realidad, para contemplarla tal como es.

 Pero el hecho de que tengamos dificultades, muchas dificultades, para reconocer el bien y el mal, no debe hacernos caer en una falsa humildad y dejar de preguntarnos por ellos, como si fueramos radicalmente incapaces de llegar a conocerlos. Tampoco podemos caer en el subjetivismo de que cada uno haga lo que quiera, que cada uno tenga su propia moral. ¿Podemos quedarnos tranquilos siendo nosotros justos según la moral que conocemos, mientras otros matan, explotan a los pobres o agreden a sus mujeres? Si la moral es objetiva, necesitamos que todos la reconozcan.

 Pero, ¿cómo conoce el hombre si algo está mal? Budzizewski, en su magnífico libro sobre moral "Lo que no podemos ignorar", trata este tema. Si resumimos sus observaciones, podemos centrarnos en cuatro formas de conocer el bien y el mal:

1. La conciencia íntima, que nos hace sentir lo que está mal y nos induce a apartarnos de ello. Además, nos lleva a arrepentirnos cuando lo hemos cometido.

2. La razón aplicada a los hechos observados. Está mal lo que va contra la propia realidad del ser humano.

3. La observación de los efectos del acto en las personas que los realizan y en las sociedades que lo aprueban.

4. El consejo de personas sabias y virtuosas, que constituyen para nosotros una autoridad moral.

 Más adelante analizaremos cada una de estas cuatro vías para conocer si algo está bien o mal. Por nuestras limitaciones, siempre podemos equivocarnos al escuchar a estos cuatro testigos, pero si los cuatro señalan en la misma dirección, obtenemos toda la seguridad que podemos para juzgar lo que está bien y lo que está mal, y actuar con responsabilidad.

 Una última palabra sobre lo de "juzgar". Una cosa es juzgar si un hecho es bueno o malo en sí, y otra cosa es juzgar a la persona que lo realiza. Los hechos son objetivos, pero la persona actúa subjetivamente, y aunque cometa un acto malo, no sabemos el grado de conocimiento y responsabilidad que tiene al realizalo. Es injusto juzgar moralmente a las personas, porque no podemos entrar en su conciencia. Pero sería también injusto no juzgar los actos, y negarnos a señalar y denunciar lo que está mal. Si las personas o sociedades renuncian a juzgar lo que está bien o mal, están renunciando a su propia conciencia, a corregirse en lo que estén haciendo mal, a corregir a los que hagan algo malo. Uno de los mayores daños que podríamos hacernos a nosotros mismos y a los demás, es renunciar al juicio ético de los actos.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Conciencia y aborto (I): la realidad moral


¿Es aceptable el aborto? ¿Es moralmente justificable?

 Para saber eso, primero necesitamos reconocer que existe una realidad moral. Necesitamos observar que la moral es algo más que un acuerdo, algo más que un invento humano. Hemos de concluir que lo que está mal moralmente, lo está en todo tiempo y en todo lugar, aunque la costumbre de determinada época o pueblo sea practicarlo.

 El gran drama del hombre moderno es precisamente desconfiar de su propia capacidad de contemplación directa de la realidad. Desconfiar, incluso, de que haya una realidad espiritual que contemplar, lo mismo que sí reconoce que hay una realidad física objetiva.

Hay cuestiones que no sólo no necesitan demostración, sino que sería absurdo intentar demostrarlas lógicamente. Sólo podemos contemplarlas, porque existen. Las observamos, son evidentes. Es evidente que existimos, es algo que conocemos directamente, inmediatamente. Tratar de argumentarlo lógicamente, como hizo Descartes con su "pienso, luego existo" sólo muestra la decadencia del pensamiento occidental. El pensamiento moderno, guiado por la influencia oriental, ha introducido una sospecha en toda observación directa, en la contemplación humana. Y en lugard e rectificar y volver as sus orígenes, a la verdadera razón, ha huido hacia adelante, hacia el racionalismo: pretender que lo evidente tenga que tener una justificación lógica llega a ser algo absurdo y destructivo para el propio conocimiento, para la propia razón, que no se sostiene a sí misma: "el sueño de la razón produce monstruos".

En el pensamiento clásico, verdaderamente racional, sobre el que se asentó la cultura europea, la razón se basaba y se ejercía sobre la contemplación previa de la realidad. Esta realidad se proclamaba como verdad contemplada, y se razonaba a partir de ella, para conocerla mejor, pero no se negaba. Por ejemplo, el hombre observaba el movimiento y luego se preguntaba cómo se producía. Pero no se negaba el movimiento; mejor dicho, lo negaban los sofistas, falsos filósofos. Las preguntas lógicas que niegan lo evidente como "¿por qué no va a ser el movimiento una mera ilusión?" no pueden contestarse, porque la lógica no es un instrumento para contemplar lo evidente, sino para conocer y comprender mejor lo contemplado. La única evidencia capaz de convencer a los sofistas es la esterilidad de su pensamiento o lo dañino del mismo. Lo que existe, existe. Podemos preguntarnos cómo es y por qué es así, pero negar lo evidente es una forma insidiosa de destruir el verdadero conocimiento.

Occidente ha mantenido esta visión realista y contemplativa sobre la natiraleza, y eso ha hecho progresar el conocimiento de las ciencias naturales. Pero, por desgracia, en el Renacimiento, a partir de Guillermo de Ockham, como señala Alonso Gracián, abandonó el mismo realismo en lo espiritual, y empezó a negar realidades espirituales como la propia existencia de la moral, un tema que Dostoievski trata magistralmente en su novela "Los Hermanos Karamazov".

Uno de los hermanos Karamazov, que han sufrido toda su vida las bravatas y malos ejemplos de un padre libertino, reniega de la realidad moral, y en sus artículos afirma que no es más que un invento humano, y que el hombre puede situarse por encima. Por tanto, realmente, no habría nada contrario al asesinato. El horror ante matar a otro hombre sería un mero convencionalismo, un acuerdo que se podría abandonar, y sólo se mantiene por conveniencia.

Sin embargo, el mismo hermano que dice estas cosas, se horroriza cuando un idiota, movido por sus enseñanzas, decide matar a su padre, lo hace, y presume de ello privadamente ante él, su hijo. Entonces, con su padre muerto por sus propias ideas, se da cuenta de la falsedad de su pensamiento, de que sí existe una ley moral objetiva que el hombre no inventa, sino que descubre y contempla.

 "¿Por qué?" o "¿por qué no?" son preguntas incisivas, aventureras, valientes, cuando se hacen para descubrir lo que aún se ignora, o para elevar al hombre hacia su propio destino. "¿Y por qué no vamos a poder convivir romanos y bárbaros?" "¿Por qué vemos moverse el sol?" "¿Por qué no vamos a poder llegar a las Indias navegando hacia Occidente?" Sin embargo, la pregunta lógica se vuelve destructiva cuando se aplica a realidades evidentes, que no podrían ser justificadas lógicamente, sino solo contempladas tal como son: "¿Por qué vamos considerar a los negros como seres humanos?", "¿por qué no vamos a poder matar si nos viene bien?"

No hay explicaciones lógicas para sostener lo evidente, como que existimos, que todos los hombres somos iguales en dignidad, o que existe una ley moral que no es inventada por el hombre, sino que es tan real y tan extrínseca como las leyes físicas, como la ley de gravitación universal. La base de todo eso está en el propio ser de las cosas, quie observamos directamente.

Como consecuencia, lo que está bien moralmente, está bien en cualquier tiempo y comunidad humana, y lo que está mal moralmente, está mal en toda comunidad y tiempo, aunque la costumbre sea otra.

Debemos aquí diferenciar moral de costumbre. Es una costumbre en Occidente comer con cubiertos, pero hacerlo sin cubiertos no es un mal moral. Eso es costumbre, no moral. En otro pueblo o en otro tiempo puede que estuviera bien comer con las manos directamente, hablar con la boca llena o eructar profundamente. En cambio, respetar a la mujer como igual en dignidad al hombre, será o no costumbre, pero sí es una realidad moral.

Si respetar a la mujer está bien, y considerarla o tratarla como inferior al hombre está mal, eso es así en cualquier pueblo o tiempo, independientemente de sus costumbres. Y como dice un famoso anuncio, "lo bueno, sale bien", es decir, lo que está bien moralmente hace bien a las personas y a la sociedad, y lo que está mal, aunque sea bien considerado por la costumbre popular de la época, hace daño a las personas y a la sociedad.

Pero no nos adelantemos al siguiente paso: porque, si existe una realidad moral objetiva, el hombre puede tener alguna forma de conocerla...

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Algunos ginecólogos (y otros médicos) inducen cruelmente a abortar. (II) - La conciencia reprimida.

 Desde hace años vengo observando esta práctica (que ya denuncié en un post anterior
http://eticamed.blogspot.com.es/2011/04/algunos-tocologos-inducen-cruelmente.html), y preguntándome por qué se da. Lo he hablado con médicos provida que veían lo mismo que yo: una insistencia en proponer el aborto por cualquier motivo, a veces por causas increíblemente absurdas y livianas. La literatura médica está llena de abortos en estos casos. Por ejemplo, en un análisis sobre mujeres que recibieron la vacuna de la varicela estando embarazadas, se comunica que no pocas de ellas decidieron abortar. Sin embargo, no hay ni un solo caso de problemas en niños nacidos de mujeres embarazadas vacunadas de varicela durante el embarazo. ¿Es que lo decidieron ellas solas, por ignorancia? Evidentemente no, y la experiencia lo corrobora: es el médico el que las induce a abortar, a veces incluso con presiones, planteando el aborto como "lo que hay que hacer en estos casos". No hablamos de algo raro, sino muy frecuente, que está a la orden del día.



¿Por qué? Ahora creo que lo sé.

  Al principio pensé que era por temor, por medicina defensiva: "Yo le he prescrito este medicamento, y resulta que tiene un riesgo (aunque sea muy bajo, incluso dudoso) de que el niño pueda tener algún problema: tengo que conseguir que aborte y así nadie me podrá acusar de nada si llegara a suceder algo". Parece excesivamente miedoso y una actuación propia de un psicópata, pero el miedo es libre. Sin embargo, la mayoría de los médicos no son psicópatas. Puede que la medicina defensiva contribuya a esto, pero no cuadra con que sea la causa principal. Una vez, incluso di información a un médico que había caído en esta práctica de inducir al aborto a mujeres que estaban tomando un medicamento con riesgo bajísimo, y no pareció mostrar interés al demostrarle científicamente que ese medicamento no producía riesgo apreciable y que hasta la abortista OMS desaconseja el aborto en tales casos. Parece otra la causa.

  También llegué a pensar si habría incentivos económicos -la cosa es tan absurda y tan frecuente, que no descarté ninguna motivación retorcida-. Cuando se produjo la venta de un abortorio en España, me enteré por los medios de que se había traspasado no sólo la infraestructura, sino la red de "contactos" de médicos que enviaban allí a mujeres para que abortaran. Pero esta explicación tampoco me convencía del todo. Es seguro que el dinero representa un papel importantísimo al lubricar todos los engranajes del mundo del aborto. Pero, conociendo ese entorno, no me convenció que pudiera ser esa la motivación principal.

  Existe un mecanismo psicológico, un mecanismo de la conciencia, que se observa mucho en el mundo del aborto. Cuando hacemos algo muy malo, nuestra conciencia nos hace sentirnos mal, desear "confesarlo" (decírselo a un amigo para buscar ayuda), hacernos "justos" (tomar la decisión de no repetirlo en adelante), y repararlo. Estas cuatro formas positivas y rehabilitadoras en que nos mueve la conciencia, se vuelven del revés cuando no somos capaces de aceptar nuestro propio reproche, bien porque se trata de algo demasiado fuerte, que nos hundiría y que no le vemos remedio (erróneamente), o bien porque no queremos aceptar que hemos hecho mal. Entonces, pueden ocurrir dos cosas: o lo negamos (tratamos de escondérnoslo a nosotros mismos y a los demás, como si nunca hubiera pasado), o con un esfuerzo de voluntad que reprime a la conciencia, huimos hacia adelante, como si lo que hemos hecho estuviera estupendo y fuera eso lo que habría que hacer siempre. Tratamos de "normalizar" el mal, para autojustificarnos.

  Estoy convencido de que eso es lo que ocurre en este caso. ¿Medicina defensiva? Puede. ¿Intereses? Algo puede haber en ciertos casos. Pero, en la mayoría de estos casos en los que se induce absurdamente a abortar, probablemente lo que ocurre es que un médico que ha caído, movido por su entorno e inclinado por su propia debilidad, en recomendar un aborto, se vuelve un proveedor compulsivo de abortos, para autojustificarse. Es el mecanismo de una conciencia reprimida. Y por desgracia es frecuente, muy frecuente.

miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Te gustaría conocer y enseñar un método para reconocer los períodos fértiles de la mujer con enorme fiabilidad?

El método diseñado por el matrimonio Billings (en la foto) permite a la mujer conocer sus períodos fértiles e infértiles. Esto se puede usar para facilitar el tener hijos o para evitarlo, y también detecta si hay anomalías en el ciclo que provoquen su infertilidad.
Sería un buenísimo servicio contar en cada zona con monitores o equipos capaces de enseñar el método Billings a los matrimonios, incluso a los que se se van a casar. El reconocimiento de los períodos fértiles es algo que toda mujer podría saber, para conocer mejor las señales que le da su propio cuerpo. Las escuelas de enfermería y las facultades de medicina y farmacia católicas harían muy bien en que sus alumnos salieran con conocimiento suficiente para ser monitores del método Billings. Incluso sería interesante que en centros de bachillerato católicos se enseñara, acompañado de una adecuada formación afectivo-sexual como la que dan los programas "Aprendamos a Amar" o el "Teen-Star". Muchos hablan hoy de "empoderamiento" de la mujer; sin embargo, se olvida poner a disposición de las mujeres este conocimiento que hoy tenemos, y que les permite saber con gran fiabilidad si estén en un día fértil o infértil.
El matrimonio Billings
Muy atrás quedan los métodos basados en el calendario, que sólo sirven para ciclos regulares -muchas mujeres no los tienen-, o en la temperatura, que da muchos fallos. El método Billigs consiste en reconocer la fluidez de la mucosidad del cérvix uterino cada día, y por eso permite conocer la fertilidad cada día, aunque el ciclo sea irregular. Sirve para mujeres con ciclos regulares e irregulares, y una vez conocido es tan fácil de seguir, que ha tenido éxito tanto en mujeres con buen nivel de estudios como muy bajo, incluso en lugares como la selva americana o las zonas rurales de China.

En China, precisamente, se estudió comparándolo con el DIU y se vio que su fiabilidad para evitar tener hijos era superior a la de éste, además de ser lógicamente mucho más seguro que ponerse un cuerpo extraño en el útero u hormonarse continuamente. Por supuesto, no tiene los problemas éticos del DIU e incluso la píldora, que pueden ser abortivos. Tampoco supone una ruptura de la esencia de la entrega sexual, como ocurre con los anticonceptivos, pues respeta la fertilidad -mucha, poca o ninguna- que la pareja tiene en el momento en que realiza el acto sexual. 

Es más, quienes han empezado a usarlo y han dejado atrás la experiencia de los anticonceptivos, comentan que ha existido un antes y un después en su relación sexual, amorosa, y a veces también en su actitud hacia la fertilidad. Muchos, al vivir una sexualidad con una entrega total, sin reservas anticonceptivas, han purificado su concepción de la vida en familia y han decidido que estaban negándose injustificadamente a tener más hijos. Dejar los anticonceptivos a menudo provoca también una caída de la mentalidad anticonceptiva, y los esposos deciden abrirse a la vida. No es de extrañar: cuerpo y alma son en nosotros una unidad indivisible, y la purificación del acto sexual purifica también la actitud en el matrimonio, en la familia. Es seguro que muchos problemas matrimoniales y familiares son derivados del uso de antioconceptivos, que sin darnos cuenta introducen un elemento extraño y negativo en nuestra relación familiar.

En el archivo enlazado AQUÍ se aporta información sobre un buen curso de monitores del método Billings. Se trata de formar formadores. Incluso es un servicio con el que luego, los formadores podrían tener una consulta remunerada, o añadirla a su cartera de servicios en el caso de los profesionales sanitarios. O bien ponerla a dosposición de su diócesis o centro educativo. Necesitamos monitores, ¡Anímate! ¡Pregúntale al Señor si quiere que tú seas uno/a!

Emilio Alegre
Farmacéutico

martes, 20 de octubre de 2015

Aborto y cáncer de mama: resultados confusos.

En 1994, Dailing y colaboradores publicaron, en el Journal of the National Cancer Institute, un estudio titulado "Riesgo de cáncer de mama en mujeres jóvenes: relación con el aborto provocado". Estudiando retrospectivamente los antecedentes de 944 mujeres con cáncer de mama, descubrieron que el riesgo de padecerlo estaba relacionado significativamente con haber sido sometidas un aborto provocado, en comparación con las que habían dado a luz a sus hijos. El aumento de riesgo encontrado fue muy elevado, del 50%. El aborto espontáneo no aumentaba el riesgo.

Sin embargo, en 2004 se publicó en Lancet una revisión sistemática de Beral y colaboradores que produjo resultados dudosos. Se mantenía la evidencia de que el aborto espontáneo no se asocia al cáncer de mama. En cuanto al aborto provocado, sí se obtuvo una relación significativa con el cáncer, pero al hacer diferencias por tipo de estudio, la asociación se observaba sólo en estudios de menor calidad (retrospectivos) y no en los de mayor calidad (estudios prospectivos).

Más recientemente, se publicó un gran estudio agregado (metaanálisis) que incluía datos de 36 estudios (2 prospectivos y 34 retrospectivos) con 15.150 mujeres chinas (Huang y colaboradores, publicado en la revista Cancer Causes control, 2014). Sus resultados corroboraron un aumento del 44% en el riesgo de cáncer de mama asociado al aborto provocado. Es más, el riesgo aumentaba un 76% si la mujer se había sometido a dos abortos, y un 89% si se habían sometido a tres. Los autores concluyeron que "el aborto provocado está significativamente asociado con un aumento del cáncer de mama en las mujeres chinas, y el riesgo de cáncer de mama aumenta con el número de abortos". Es más, apuntaron a que esto puede estar relacionado con el aumento de cáncer de mama que se está observando en China.

Pero nuevamente, otro metaanálisis, este sólo de estudios prospectivos, de mayor calidad, incluyendo un antiguo estudio danés con más de un millón de mujeres, no ha encontrado relación alguna entre el aborto y el cáncer de mama (Guo y colaboradores, Cancer Causes Control, 2015).

No parece haber una hipótesis convincente para tantas divergencias.  Resulta muy extraño que en un análisis se encuentre incluso una relación de "dosis-respuesta" (a mayor número de abortos, más riesgo) y que sin embargo en otros no se encuentre siquiera asociación. Es posible que el aborto esté relacionado con otros factores -psicosociales o de otro tipo- que sí sean los verdaderamente implicados en el aumento de cáncer de mama que se observa en los estudios restrospectivos. O es posible que los estudios prospectivos no tengan un tiempo suficiente de seguimiento como para comprobar el efecto.

En cualquier caso, esto es lo que conocemos y podemos referir. A día de hoy, tras muchos estudios, no estamos seguros de si existe o no relación entre el aborto provocado (el espontáneo, sabemos que no) y el cáncer de mama. Si avanzamos en el conocmiento de este problema, trataremos de actualizarlo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El caso de Karen Quinlan: ¿humanismo cristiano o eutanasia?

Emilio Jesús Alegre del Rey
Farmacéutico especialista en farmacia hospitalaria. Hospital Universitario de Puerto Real (Cádiz)
El caso de Karen Ann Quinlan fue un hito en la lucha contra el encarnizamiento terapéutico en sus aspectos legales. Los Quinlan eran católicos practicantes, y pidieron la retirada del ventilador mecánico después de consultar con su párroco, que estuvo de acuerdo con esta decisión (ABC Madrid, 28.10.1975). El matrimonio Quinlan argumentó en su petición que mantener con vida a su hija Karen por medios artificiales, cuando no existía ninguna esperanza de recuperación, iba en contra de la naturaleza humana, y que Karen debería encontrar cuanto antes su eterno descanso en el Señor. El propio obispo de New Jersey, su diócesis, transmitió públicamente y en nombre de la Iglesia, la aprobación de la doctrina católica ante la desconexión de un soporte vital extraordinario que no aportaba un beneficio proporcionado:
“La opinion médica especializada ha establecido que Karen Ann Quinlan no tiene una esperanza razonable de recuperación de su estado comatoso a pesar del uso de las intervenciones médicas disponibles. La continuidad de medidas mecánicas de soporte cardiorrespiratorio para mantener sus funciones corporales y su vida constituyen medios extraordinarios de tratamiento. Por tanto, la decisión de Joseph y Julia Quinlan de pedir la retirada de este tratamiento, de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, es una decisión moralmente correcta”.Lawrence Casey,Obispo de New Jersey. “The Case of Karen Quinlan,” Origins 1975,5(22), 337-341.
Situémonos en el contexto: las leyes obligaban al mantenimiento de las medidas de soporte vital. La diferenciación entre medidas de soporte ordinarias y extraordinarias estaba aún confusa en la mente de algunos profesionales sanitarios y no había llegado a consolidarse en la jurisprudencia, por eso este caso era particularmente importante. El rápido avance de la tecnología médica había hecho posible mantener con vida a personas que años antes habrían muerto rápidamente. Pero eso abría la puerta a un mal uso de la técnica en situaciones en las que no cabía esperar un beneficio razonable, mostrando una no aceptación de la muerte. En este caso, vemos como precisamente la distinción entre medidas ordinarias y extraordinarias, contribuyó a la lucha contra el encarnizamiento terapéutico, propugnada ya entonces desde el pensamiento cristiano.
El problema de Karen Quinlan surgió porque el facultativo que la atendía se negó a la retirada del tratamiento. Sin embargo, varios peritos alegaron en el juicio lo que ya entonces se asumía en la praxis médica: usar un ventilador mecánico en una paciente sin posibilidades de recuperación era aplicar una técnica extraordinaria y desproporcionada (p. ej., Dr. Julius Korein, neurólogo; ABC, 24.10.1975). La clave del juicio se centró entonces precisamente en determinar la diferencia entre tratamiento “ordinario” y “extraordinario”. El Dr. Korein aclaró: “Según mi opinión, es ordinario usar un respirador artificial cuando se trata de una situación aguda. Es ordinario usar todo tipo de recursos en una sala de emergencia”.
Hoy, para referirnos a lo mismo, preferimos hablar de medidas “proporcionadas” o “desproporcionadas”, que son términos más claros. La falta de diferenciación entre medidas de soporte vital ordinario o extraordinario, proporcionadas o desproporcionadas, era entonces propia de un pensamiento integrista y alejado de la doctrina cristiana, que conducía al encarnizamiento terapéutico. Curiosamente, esa misma falta de diferenciación se produce también en el otro extremo: entre los defensores de la eutanasia. Así, la ley de “muerte digna” de Andalucía establece que puede ser reprensible el mantenimiento de medidas de soporte vital en pacientes terminales, sin especificar una distinción entre medidas proporcionadas –como la alimentación y la hidratación en muchos casos- o desproporcionadas –como la ventilación mecánica cuando no hay recuperación posible-. Afortunadamente, la ley navarra no ha caído es el mismo error, evitando una aproximación al problema tan simplista como anacrónica y alejada de la praxis médica.
¿Por qué, entonces, sectores pro-eutanasia han hecho del caso Quinlan una bandera? En mi opinión, se trata de una maniobra de confusión, para hacer parecer que la lucha contra el encarnizamiento terapéutico y la eutanasia son la misma cosa, cuando responden a concepciones tan distintas. Y de paso, para adjudicarse una medalla que no les corresponde a ellos, sino al humanismo cristiano.
Contra lo que todos esperaban, cuando a Karen le fue retirada la ventilación, tras una ardua batalla legal, no murió. Entonces, sus padres siguieron cuidándola y celebrando cada cumpleaños con una misa en su habitación. Murió nueve años después, de neumonía, en brazos de su madre (ABC Madrid 30.3.1983/13.6.1985). Con el dinero recaudado por la venta de un “best-seller” sobre el caso, el matrimonio fundó un hospicio al que pusieron por nombre “Centro Karen Ann Quinlan de la Esperanza”.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Interrupción involuntaria de un hechizo (caso real)





 Tumbada en una sala limpia, una mujer estaba dispuesta a que la sometieran a una intervención. El médico y la enfermera miraban la pantalla del ecógrafo mientras se preparaban.

En ese momento, la enfermera pronunció estas palabras dirigidas al médico: "son dos".

La paciente lo escuchó y preguntó, aún sin comprender: "Dos ¿qué?"

Sin que nadie le respondiera, de repente, cambió totalmente el gesto, se levantó con tremenda fuerza y decisión, arrambló con todo lo que tenía por delante y salió por la puerta tal como estaba. No la volvieron a ver.

Aquella enfermera fue despedida.

 ¿Qué fue lo que ocurrió allí? ¿Qué pasó tan rápidamente por la mente de aquella mujer?

 Y ¿por qué despidieron a la enfermera?

 La magia utiliza palabras que pretenden cambiar la naturaleza de las cosas; eso es a lo que llamamos "conjuro". El conjuro produce un "hechizo": lo que es, transforma su apariencia en otra cosa.

 Para cambiar la naturaleza de las cosas a ojos de todos, los grandes hechiceros actuales usan también un conjuro poderoso. Pero, a veces, como en este caso, se rompe el hechizo, y entonces todo vuelve a aparecer como lo que en realidad es. Cuando hablamos del tema del aborto, el hechizo consiste en que un niño o niña, el hijo, aparezca como un mero "embarazo", algo abstracto y sobre todo, impersonal.

 Se trata de un conjuro cuyas palabras construyen un lenguaje aparentemente inocente, aparentemente correcto, pero plano, carente de expresión:

a. "Tiene usted un embarazo de cinco semanas".
b. "¿Quieres seguir adelante?"
c. "Vamos a hacer la ecografía de las 20 semanas".
d. "Es tu vida, tú decides".
e. "¿Traes los papeles del IVE?"

 Sí, este es el lenguaje con el que nos referimos a algo tan tremendo, maravilloso, portentoso e increíble como que una nueva persona, alguien, un hijo, un niño pequeño, haya sido creado por Dios y venga al mundo.

  Al pensar "dos... ¿qué?", aquella mujer se dio cuenta de que eran dos niños. Se había roto el hechizo.

 La enfermera había roto la máxima regla del mago: proteger siempre el truco. En este caso, el truco es un conjuro que hechiza a millones y millones de personas, en nuestro país y en todo el mundo, para que acepten lo que ninguno de ellos aceptaría jamás naturalmente por su propio juicio. "Médico" y "enfermera" quedaron al descubierto.

 Por eso al abortismo internacional le hace daño que se sepa que han traficado con órganos. Si miramos el hecho en sí, parece absurdo, porque lo grave es abortar, matar al niño. Pero que se sepa que venden órganos deshace el hechizo, porque nos mueve a pensar: "¿órganos?" Sí, claro, órganos... de niños. No se dedican a solucionar embarazos, sino a matar niños.

 El filósofo Alonso Gracián escribe:

 "La transmutación mágica de los valores se ha logrado. Y ha sido realizada mediante "hechizos lingüísticos" -de forma que las cosas ya no pueden ser llamadas por su nombre..."

 Budziszewski, en su magnífico libro sobre moral, "Lo que no podemos ignorar", citado por Gracián, denuncia:

 "Esta es la esencia de la goeteia. No hay realidad; no hay nada dado; la esencia de las cosas será lo que decidamos. Magia negra".

 El conjuro necesario para que se produzca este hechizo consiste en que los profesionales, los políticos, los maestros, los profesores, y hasta los amigos, familiares, y todos los que no queramos enfrentarnos a posibles problemas, aceptemos un lenguaje plano y carente de valores que no llama a las cosas por su nombre. Este conjuro mágico transforma a un hijo pequeño, una nueva persona humana, en algo frío y nebuloso de lo que se puede disponer a voluntad.

 El conjuro lo repetimos, casi sin darnos cuenta, aparentemente sin que nadie nos lo imponga. Sí, lo hacemos nosotros, los que no queremos enfrentarnos a posibles problemas que imaginamos enormes. A los hechiceros les basta hacernos entender que ése es el lenguaje que tenemos que usar para seguir tranquilos, evitando conflictos. Sin apenas planteárnoslo, casi inconscientemente, aceptamos colaborar en esa aparentemente pequeña ocultación de la verdad, que se ha extendido a nivel mundial; aunque como verdadero amigo, amiga, médico, enfermera, legislador, maestro, abuelo, abuela... no deberíamos hacerlo, no deberíamos andar con falsedades, no deberíamos repetir el conjuro.

 Además, ¿seguro que esa ocultación es tan pequeña? ¿O es que hemos sido nosotros también previamente hechizados? Veamos la realidad: esto es lo que decimos en realidad cuando pronunciamos el conjuro, su significado oculto:

a. "Tiene usted un embarazo de cinco semanas". Más auténtico: "Vuestro hijo tiene cinco semanas".

b. "¿Quieres seguir adelante?" -en realidad transmitimos: "Si la idea de tener un hijo te preocupa, lo mejor es que le matemos". Cuánto mejor es decir, si vemos algún problema: "¿cómo te sientes?" Y si es mal, indagar la ayudarle/s a tener a su hijo, buscar apoyos en la familia, etc, y darle un contacto de quien pueda ayudarles.

c. "Vamos a hacer la ecografía de las 20 semanas". En realidad eso esconde: "vamos a comprobar si vuestro hijo está perfecto ahora que tiene 20 semanas, para que si no lo está, podemos matarle antes de que tenga 5 meses (22 semanas), que es el límite para no tener problemas con la ley". Nunca deberíamos hacer una ecografía con el único objetio de hacer un control de calidad para acabar con los "imperfectos": ¡tendríamos que empezar por nosotros mismos, carentes de la más elemental sensibilidad humana! Debería haber muchos más objetores a esa norma impuesta de la ecografía de las 20 semanas, como se esperaban los que la impusieron desde la OMS. ¡No se encontraron la resistencia que esperaban!

d. "Es tu vida, tú decides". En realidad, transmitimos: "Puedes matar a tu hijo o dejar que nazca, a mí me da igual. El problema lo tienes tú". Pero nadie tiene derecho a decirdir sobre si aborta o no, así que jamás deberíamos decir nada que reconozca ese derecho: estamos niguneando la vida de su hijo, y al final echamos más peso sobre la madre para que aborte. De nuevo, un "¿cómo te sientes/os sentís?",  sería muchísimo mejor, mostrando que de verdad nos importa lo que les pase, que estamos dispuestos hacer algo para ayudar a algo tan grande como es un nuevo niño en el mundo, y buscar la forma de ayudar o buscar ayuda.

e. "¿Traes los papeles del IVE?" Quien dice eso, en realidad está diciendo: "Necesito que rellenes el formulario, para matar a vuestro hijo sin tener problemas legales". Nadie debería arrogarse ese poder, ni participar en algo así. Debemos rezar para que las personas que tienen "trabajos" así se den cuenta que que un papel puede evitarles la cárcel, pero no debría tranquilizar su conciencia. Quiera Dios que dejen esos trabajos y encuentren trabajos de verdad, que les puedan contar a sus hijos.

7 semanas + 2 días
¡Y cuántas veces, por vergüenza o temor a lo que podría pasar, evitamos mostrar admiración ante lo admirable! El hechizo nos ha ocultado tanto la realidad... Llamar sencillamente a las cosas por su nombre nos sorprende.

"Hombre falso y lleno de maldad, enemigo de la justicia,
¿cuándo dejarás de torcer los caminos del Señor?"
Palabras de San Pablo a "Elimas", "el mago"
Hechos de los Apóstoles 13,10.

 ¿Cómo nos hacen entender y temer que si no repetimos el conjuro tendremos problemas? Una forma simple es mostrar públicamente lo que les pasa a los que no lo hacen. Para eso sirven las "Femen", las vestiduras rasgadas cuando uno se atreve a soltar una pequeña verdad en un programa de televisión, los calificativos enérgicos como "fascista", las pintadas, los carteles duros, los silencios y vacíos... Para quien está tentada de abortar, todo es falsamente delicado, se presenta el aborto como si no lo fuera, se oculta, se esconde; para quien pretenda oponerse, se manifiesta con crudeza y hasta violencia la defensa del aborto, ¡para intimidarnos!

 ¿Seguiremos colaborando, repitiendo ese conjuro por temor? ¿seguiremos callando la maravilla, avergonzándonos de mostrarla? Vemos que los cristianos son perseguidos hasta la muerte en Irak, Siria, Pakistán, Corea del Norte, África... incluso con sus hijos pequeños, por negarse a pronunciar unas "simples" palabras, un "conjuro" que les salvaría aparentemente la vida. En su lugar, dicen sencillamente: "soy cristano", "somos cristianos", incluso pintan en sus tiendas de refugiados: "¡Jesús es la luz del mundo!" Ellos sí confiesan lo que aman.

 Nos maravilla su testimonio, a la vez que nos alegramos por gozar aquí de más libertad, porque, al menos, podemos vivir y trabajar sin que nos maten o nos amarguen mucho la vida.

¿Seguro? ¿O es que, hechizados, estamos pronunciando desde hace décadas el conjuro, las palabras de una apostasía blanda y oculta, para no tener demasiados problemas? Y callamos la maravilla...
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P.S. A algunos les extrañará también que para explicar esto "haya tenido que nombrar a Dios".

Precisamente, ese es otro gran hechizo actual, incluso mayor y más esencial, la llamada "aconfesionalidad". Se transmite incluso entre cristianos fieles, por no tener problemas y por la repetición de que, escondiendo a Dios ante los demás y colaborando con su expulsión de la plaza pública, seremos más eficaces y, al fin y al cabo, eso es lo que Dios quiere, ¿o no?

¡Claro que no! Él quiere que nos revistamos con sus armas, no con el mismo camuflaje del enemigo. Pero eso podrá ser motivo de otro comentario...

domingo, 26 de abril de 2015

Ley Aído-Rajoy: triple engaño

La retirada de la reforma de la ley del aborto de Aído obedece sobre todo a presiones internacionales. No se iba a permitir que España diera un paso atrás en el avance estratégico del aborto, pues su ejemplo podría ser seguido por otros países europeos y sobre todo, americanos. La entrada en el Consejo de Seguridad de la ONU implicaba la aceptación plena de la agenda abortista por parte del Gobierno de España, además de la agenda deformativa homosexual en las escuelas, las "madres de alquiler" y otras degeneraciones, como denuncia sin tapujos Mons. Reig Pla en una reciente carta (ver "Por un plato de lentejas: la peor de las corrupciones").

Ahora, el gobierno popular quiere escenificar el "cumpli-miento" de su programa electoral cambiando las condiciones del aborto para chicas de 16-17 años y que, en lugar de someterse a un aborto por su única decisión, tenga que decidir un juez en caso de que sus padres se opongan. Este es el segundo engaño, pues es obvio que eso no cambiará nada una ley que consagra el aborto como si fuera un derecho, aunque el PP quiera ahora disfrazarlo acudiendo a juegos de palabras dignos del mismísimo ZP.

Pero hay un tercer engaño: el de una estúpida "fractura interna". Desde hace años, algunos nos han hecho ver una cara "provida" del PP, pero han sido incapaces de dimitir cuando ha llegado la hora de la verdad. Hoy, muy dignos, se "atreven" a no votar a favor de esta falsa reforma del aborto. ¡Qué valientes...! Al día siguiente, seguirán ocupando sus escaños y puestos políticos, si les dejan en el partido. Creo que les dejarán; porque al PP le interesa que siga existiendo esa cara pseudo-provida en su partido, para no perder votos.

"Porque no eres frío ni caliente, te vomitaré de mi boca", dice el Señor (Apocalipsis 3,16). Si se tratara de una reforma de los impuestos a los alquileres, una actitud así podría bastar. Pero cuando se trata de algo esencial, que está en lo más hondo de la vida y de la moral de un país, creerse que por no votar una ley así queda uno justificado es una aberración. Se está cooperando con el mal, con un mal tremebundo, espantoso, sobre el cual resulta una quimera construir una sociedad justa y pacífica. Se está tomando el pelo a toda una nación, triplemente, y los más culpables son precisamente los que más habían contribuido a generar la falsa confianza de quienes les votaron: los políticos pseudo-provida del PP, que ahora escenifican este tercer engaño de la Ley Aído-Rajoy del aborto.

Los votantes del PP han contribuido con ese mal en las últimas elecciones: buscando el "mal menor" han votado a favor de quienes han consolidado el derecho al aborto, y eso es muy grave. Pueden alegar, en su defensa, que les engañaron. A partir de ahora, ya no. Votar al PP o colaborar con él es apoyar el aborto, ser cómplice de este genocidio de los más indefensos.