sábado, 6 de febrero de 2016

Conciencia y aborto (y VIII): el juicio moral al aborto.


 Con todos los testimonios que hemos comentado, ya estamos en condiciones de responder a la pregunta sobre el aborto. No se trata de juzgar a las personas, sí conocer la verdad: con una conciencia fuerte, bien formada, conocemos la verdad y la verdad nos hace libres. Quien no sabe la verdad, no puede actuar libremente, y se expone a sufrir las consecuencias. Así que veamos qué nos dice nuestra investigación:

1) La conciencia íntima, con el rechazo del aborto y el arrepentimiento de tantas personas que lo han cometido, nos dice que el aborto es un crimen.

2) La razón, que nos dice que el concebido es ya un ser humano, y que le debemos el mismo respeto y amor que a cualquier otra persona, más por su debilidad y aún más si es nuestro hijo. apoya esa conclusión.

3) La observación de las consecuencias, que nos muestra el tremendo sufrimiento de personas que han abortado frente a la alegría de personas que acogen a sus hijos, nos muestra el mal del aborto.

4) Por último, el testimonio de personas que podemos considerar justamente como referentes morales, como la Madre Teresa de Calcuta, nos muestra el mal del aborto.

Para los que confiamos en Cristo y en su Iglesia, además, la enseñanza de la Iglesia es una referencia moral totalmente fiable sobre la maldad del aborto.

Por tanto, los cuatro testigos o caminos de la conciencia, nos muestran que el aborto es un auténtico crimen, que elimina a los niños, daña a las madres y padres y a toda la sociedad. Con justicia debemos oponernos a él con todas nuestras fuerzas.

Conciencia y aborto (VII). El cuarto testigo: el consejo de personas sabias.


 Para completar y contratar lo que pensamos por nosotros mismos, viene el cuarto y último testigo que nos ayuda a decidir, que es el consejo de personas sabias y virtuosas, que es a quienes consideramos como autoridad moral. "Autoridad", viene de "augere", que significa crecer. Consideramos autoridad a aquel que nos hace crecer, que nos muestra un camino verdadero para nuestra vida. Como "el mejor predicador es fray ejemplo", consideramos que esa autoridad moral, esos maestros que nos hacen crecer no son personas que hablan muy bien, sino personas que, sobre todo, viven muy bien, es decir, en las que vemos integridad. Ellos estimulan y satisfacen ese deseo que todos llevamos dentro de ser buenos, de ser plenamente humanos. Vemos que su ejemplo y su consejo nos hace bien.

 Un ejemplo muy claro y actual puede ser la Madre Teresa de Calcuta. Está ante los ojos de todos su integridad; es la personas que no se va a callar para quedar bien ante los poderosos. Es la persona que ha sido íntegra y ha dedicado toda su vida a acoger y amar a los más pobres de los pobres. En el fondo de nuestro corazón, a todos nos gustaría ser como ella, tener ese amor y esa integridad para darse y para decir la verdad, sencillamente. Vemos, entonces, que es una persona que nos hace crecer, que conocer lo que hizo y cómo vivió nos hace bien, por eso la consideramos fácilmente como maestro y, -aunque la palabra "autoridad" esté tan devaluada-, la consideramos como una autoridad moral, esa autoridad que nada tiene que ver con el autoritarismo; es un reconocimiento que parte voluntariamente de nosotros mismos, y que ella se ha ganado con su vida.

 Este testigo, la autoridad moral, el consejo y el ejemplo, es muy fuerte e importante. Por desgracia, no es infalible, sino que tiene un peligro muy importante: tener por autoridad moral a quien no lo merece. Por eso, las personas que por su posición en la sociedad son consideradas por muchos como autoridad moral, tienen un a grave responsabilidad. Muchos considerarán sus ideas y su ejemplo a la hora de actuar ellos mismos, y de esa forma, de alguna manera son responsables también del buen o mal ejemplo que dan. El mal ejemplo de estas personas es el "escándalo", y merece la condena más dura.

 Pues bien, la primera autoridad moral para un niño son sus padres, es la educación y el ejemplo que sigue en su casa. Cuando esto va mal, el daño para la vida moral es tremendo. Cuando va bien, se convierte en un beneficio que le acompañará toda la vida. El hijo podrá tener malos consejeros y malos ejemplos, pero el buen ejemplo y consejo de sus padres estará presente en él durante toda su vida. Es un gran error la tentación de los padres de claudicar en la enseñanza moral, desesperados de que sus consejos no van a a servir de nada. Si son consejos que parten de la realidad de su vida, sus hijos podrán equivocarse, podrán no hacerles caso, pero cuando sufran las consecuencias del mal camino, serán más capaces de darse cuenta de cuál ha sido la causa, al tener presente lo que sus padres les enseñaron.

 Hay una película que muestra muy bien esta autoridad moral de los padres; se trata de "En el Nombre del Padre", ambientada en la sociedad de Irlanda del Norte. La persistencia del padre en no claudicar y mostrar siempre el buen camino constituye ese asidero al que finalmente su hijo puede agarrarse para salir del mal camino.

 Esta autoridad moral de los padres, en muchos casos se haya parcialmente usurpada por la televisión, que entra en nuestras casas y, a menudo a través de historias con carga emocional, nos educa o deseduca. Ante eso, caben dos actitudes complementarias: apagar o cambiar de canal cuando lo que se ve es inaceptable, y comentar con los hijos lo que está bien y lo que está mal, ayudando a formar su sentido crítico, a aprovechar lo bueno y no dejarse manipular ni contaminar por lo falso.

 Otra autoridad moral son los maestros, los profesores de las escuelas y la universidad. Pero, en la adolescencia, con en fuerte sentimiento de grupo, aparece otra autoridad moral que son los amigos. En esa época, al menos en primera instancia, se acepta antes el consejo de los amigos que ningún otro, incluido sobre todo el de los padres.

 Para los adultos, una forma de autoridad moral es la ley; por eso tantas veces se insiste en la realidad pedagógica de la ley. Por eso es doblemente grave que existan leyes injustas: una ley que considera como bueno, como aceptable, lo que está mal, no sólo lo permite, sino que lo promueve. Es una realidad fácil de observar. Ya decía San Agustín que "la ley injusta no es ley, sino violencia".

 Es claro también que una fuente de autoridad moral para los creyentes son las autoridades religiosas; para éstas vale el mismo consejo  de no "claudicar" que hemos comentado para los padres.

 Y finalmente, una posible fuente de equívoca autoridad moral es lo que llamamos "el mundo", lo que piensa todo el mundo, la opinión mayoritaria. En un sentido rancio, es lo que siempre se ha identificado con "el qué dirán". En la actualidad, presumimos de que nos importa poco "el qué dirán", pero es una mera ilusión; por desgracia, nos seguimos dejando llevar muchísimo por la mayoría, por la dictadura de lo "correcto", sea bueno o malo.

 Es evidente que este ha sido el mecanismo más aprovechado por el abortismo y la teoría de género: entrar en las casas y educar a padres e hijos con la televisión, proponer falsos modelos morales, deseducar en las escuelas, prostituir el efecto pedagógico de la ley y difundir una su puesta "corrección" sobre lo que debe pensar todo el mundo para evitar problemas. Amenazas como las de las "Femen", mujeres desnudas que persiguen a quienes defienden la vida buscan establecer esa dictadura, atemorizar a quien piensa que la vida debe ser respetada y mostrarle a ante todos como un monstruo que merece la peor de las repulsas. Así se mueve la conciencia de las personas para que acepten lo que jamás aceptarían por sí mismas.

 Una forma de promover el abortismo ha sido elegir una mujer que haga de portavoz, que dé una imagen simpática y que promueva el aborto como una forma de liberación de la mujer. Nadie cae en la cuenta de que lo que está diciendo es que para que la mujer sea feliz, es preciso que deje de amar a sus hijos mientras están en su vientre, que es preciso que la sociedad entera deje de respetar al no nacido. Esto se tapa con una imagen simpática y con ideas de libertad. En España, esta imagen simpática fue la diputada comunista Cristina Almeida. En Hispanoamérica es Mónica Roa. Quien las ve, hablando de libertad y de salvar a las mujeres de abortos clandestinos, ve que no tienen cara de asesinas, y queda confundido, expuesto a recibir su mensaje. Esto se completa con encuestas prefabricadas, que hacen creer que la opinión de la mayoría se está desplazando para aceptar el aborto. Esto lo explicó el Dr. Bernard Nathanson, uno de los mayores abortistas y promotores sociales del aborto, que tiempo después se arrepintió y desveló estas manipulaciones. Para contrarrestar la autoridad moral de la Iglesia, se la descalifica e incluso, sobre todo en América, se ha recurrido a financiar grupos de falsos católicos que aprueban el aborto, como las "Católicas por el Derecho a Decidir"; para entenderlo, es como si las empresas tabaqueras promovieran una asociación de "médicos a favor del tabaco" con el fin de que aparezcan en los medios de comunicación. Para deseducar en escuelas y universidades, se ha llegado incluso a establecer y potenciar una nueva y falsa "ética", la "Ética de Mínimos" de Adela Cortina, que tiene la propiedad de pasar por alto toda objetividad moral con el fin de evitar toda condena del aborto. Se considera que algo no sería malo a menos que haya unanimidad en su condena, y por tanto, no sería exigible a nadie. Es la generalización de una ética mundana, la forma de acabar con esa conciencia de la sociedad que es la verdadera ética, que a menudo necesitó ser defendida por minorías. La "Ética de Mínimos" ha sido impuesta por asignaturas escolares de "educación para la ciudadanía" y trata de crear un lenguaje común que descarte cualquier condena del aborto.

 Ya es llamativo que para aprobar algo como el aborto haya que aniquilar un análisis filosófico y racional del asunto: este mismo procedimiento es un testimonio contra la bondad del aborto. Si el aborto fuera bueno, su aprobación iría sustentada con una ética racional, filosófica, basad en argumentos. No es así: para aprobar el aborto ha habido que decir que está bien todo aquello que no es rechazado unánimemente. Es un sofisma que se cae por su propio peso y por la más elemental observación. Si se aplicase la ética de mínimos a los tiempos de la esclavitud, habría que considerar que la esclavitud no estaba mal y que a nadie le sería exigible respetar a los negros como personas.


 Pero volvamos al lado de la luz: para escuchar bien a este testigo, lo primero que hemos de hacer es elegir bien a esa autoridad moral, que sea verdaderamente una persona sabia y virtuosa. En la filosofía antigua esto estaba más claro: para Aristóteles, el hombre sabio es el hombre virtuoso. Esto va en la misma línea de aquello que dijo Jesucristo: "por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7, 20). escuchemos a una de estas personas que se han ganado justamente ese reconocimiento de autoridad moral: la Madre Teresa de Calcuta, a la que hemos mencionado antes:

 "La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decirle a otros que no se maten? ¿Cómo persuadir a una mujer de que no se practique un aborto? Como siempre, hay que hacerlo con amor y recordar que amar significa dar hasta que duela. Jesús dio su vida por amor a nosotros. Hay que ayudar a la madre que está pensando en abortar; ayudarla a amar, aún cuando ese respeto por la vida de su hijo signifique que tenga que sacrificar proyectos o su tiempo libre. A su vez el padre de esa criatura, sea quien fuere, debe también dar hasta que duela".

 "Al abortar, la madre no ha aprendido a amar; ha tratado de solucionar sus problemas matando a su propio hijo. Y a través del aborto, se le envía un mensaje al padre de que no tiene que asumir la responsabilidad por el hijo engendrado. Un padre así es capaz de poner a otras mujeres en esa misma situación. De ese modo un aborto puede llevar a otros abortos. El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere".

"Hay mucha gente muy preocupada por los niños de la India o África, donde mueren tantos de hambre. Mucha gente está preocupada por la violencia en esta gran nación de los Estados Unidos. Está muy bien que estemos preocupados por todo eso. Pero a menudo esa misma gente no se preocupa por los millones de seres humanos aniquilados por decisión de sus propias madres".

"En la India y en todo lugar que visito, insisto en que debemos volver a dedicarle al niño toda la atención que se merece. El niño es un regalo de Dios para la familia. Cada niño ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para cosas grandes, para amar y ser amado. Debemos colocar al niño de nuevo en el centro de nuestro cuidado y preocupación. Este es el único camino para que el mundo siga adelante. Precisamente porque el niño es la única esperanza para el futuro. Cuando los más ancianos son llamados a la presencia de Dios, sólo sus hijos pueden ocupar su lugar".

"Dios nos dice: "Aunque una madre pueda olvidarse de su hijo, yo no me olvidaré de ti. Te he esculpido en la palma de mi mano." Nosotros estamos esculpidos en la palma de Su mano. El niño que todavía no ha nacido ha sido esculpido en la mano de Dios desde su concepción, y ha sido llamado por Dios a amar y ser amado, no sólo ahora, en esta vida, sino para siempre, en la eternidad. Dios no se olvida nunca de nosotros".

"Les confiaré algo hermoso: Estamos combatiendo el aborto con la adopción: cuidamos a la madre y adoptamos a su hijo. De ese modo hemos salvado miles de vidas. Hemos enviado comunidades a las clínicas, diciéndoles: "Por favor, no maten al niño, nosotros nos haremos cargo de él". Siempre hay algunos de los nuestros que les dice a las madres en problemas: "Venga, la cuidaremos y hallaremos un hogar para su hijo". Y así tenemos una gran demanda de niños por parte de matrimonios que no pueden tener hijos. Pero nunca entrego un niño a un matrimonio que haya hecho algo para no tener un hijo. Jesús dijo: "El que reciba a uno de estos pequeños, a mí me recibe." Al adoptar un niño, esos matrimonios están recibiendo al mismo Señor".

"Les pido por favor que no maten a los niños. Yo quiero esos niños: ¡Dénmelos! Estoy dispuesta a aceptar todo niño que se pretenda abortar y darlo a un matrimonio que lo ame y a su vez sea amado por el niño. Sólo en nuestro Hogar Infantil de Calcuta hemos reunido 3,000 niños que han sido salvados del aborto, niños que luego han brindado mucho amor y alegría a sus padres adoptivos".

 En fin, hay muchas más palabras suyas, pero estas son suficientemente claras. Las completaremos con otros tres testimonios: el de Gandhi, el de un político socialista, Tabaré Vázquez, médico y presidente de Uruguay, que vetó la aprobación del aborto en su país, y el de un científico de primer nivel, Jerome Lejeune, que descubrió la base genética del Síndrome de Dowm:

Gandhi; "Es tan claro como el día que el aborto es un asesinato".

Tabaré Vázquez, en su veto al aborto en su país: “El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados; por eso se debe proteger más a los más débiles”.

Jerome Lejeune:

“La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida”. Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos ustedes conocen bien, es también el credo del médico genetista más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un huevo después de su fecundación. (…).
Pero habrá quien diga que, al principio del todo, dos o tres días después de la fecundación, sólo hay un pequeño amasijo de células. ¡Qué digo! Al principio se trata de una sola célula, la que proviene de la unión del óvulo y del espermatozoide. Ciertamente, las células se multiplican activamente, pero esa pequeña mora que anida en la pared del útero ¿es ya diferente de la de su madre? Claro que sí, ya tiene su propia individualidad y, lo que es a duras penas creíble, ya es capaz de dar órdenes al organismo de su madre.
Este minúsculo embrión, al sexto o séptimo día, con tan sólo un milímetro y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de las operaciones. Es él, y sólo él, quien detiene la menstruación de la madre, produciendo una nueva sustancia que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse en marcha.
Tan pequeñito como es, es él quien, por una orden química, fuerza a su madre a conservar su protección. Ya hace de ella lo que quiere ¡y Dios sabe que no se privará de ello en los años siguientes! A los quince días del primer retraso en la regla, es decir a la edad real de un mes, ya que la fecundación tuvo lugar quince días antes, el ser humano mide cuatro milímetros y medio. Su minúsculo corazón late desde hace ya una semana, sus brazos, sus piernas, su cabeza, su cerebro, ya están formándose.
A los sesenta días, es decir a la edad de dos meses, cuando el retraso de la regla es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos tres centímetros. Cabría, recogido sobre sí mismo, en una cáscara de nuez. Sería invisible en el interior de un puño cerrado, y ese puño lo aplastaría sin querer, sin que nos diéramos cuenta: pero, extiendan la mano, está casi terminado, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro… todo está en su sitio y ya no hará sino crecer. Miren desde más cerca, podrán hasta leer las líneas de su palma y decirle la buenaventura. Miren desde más cerca aún, con un microscopio corriente, y podrán descifrar sus huellas digitales. Ya tiene todo lo necesario para poder hacer su carné de identidad. (…).
El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que un pulgar, existe de verdad; no se trata del Pulgarcito del cuento, sino del que hemos sido cada uno de nosotros.
Pero dirán que hasta los cinco o seis meses su cerebro no está del todo terminado. ¡Pero no, no!, en realidad, el cerebro sólo estará completamente en su sitio en el momento del nacimiento; y sus innumerables conexiones no estarán completamente establecidas hasta que no cumpla los seis o siete años; y su maquinaria química y eléctrica no estará completamente rodada hasta los catorce o quince.
¿Pero a nuestro Pulgarcito de dos meses ya le funciona el sistema nervioso? Claro que sí, si su labio superior se roza con un cabello, mueve los brazos, el cuerpo y la cabeza en un movimiento de huida. (…).
A los cuatro meses se mueve tanto que su madre percibe sus movimientos. Gracias a la casi total ingravidez de su cápsula cosmonauta, da muchas volteretas, actividad para la que necesitará años antes de volver a realizarla al aire libre.
A los cinco meses, coge con firmeza el minúsculo bastón que le ponemos en las manos y se chupa el dedo esperando su entrega. (…).
Entonces, ¿para qué discutir? ¿Por qué cuestionarse si estos hombrecitos existen de verdad? ¿Por qué racionalizar y fingir creer, como si uno fuese un bacteriólogo ilustre, que el sistema nervioso no existe antes de los cinco meses? Cada día, la Ciencia nos descubre un poco más las maravillas de la vida oculta, de ese mundo bullicioso de la vida de los hombres minúsculos, aún más asombroso que los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito han encantado a la infancia, es porque todos los niños, todos los adultos que somos ahora, fuimos un día un Pulgarcito en el seno de nuestras madres».

 Podemos citar un testimonio más, de gran valor histórico: el del juramento hipocrático, que hacen desde tiempo inmemorial los nuevos médicos:

 "A nadie daré droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesario abortivo".

  Por último, para los cristianos está claro a quien reconocemos esa autoridad moral, porque ya la tenía siendo Dios y porque se la ha ganado al hacerse hombre, enseñarnos con su palabra y su ejemplo y dar su vida por nosotros: Jesucristo. Él es la autoridad moral que no falla, y la Escritura le llama "Maravilla de Consejero" (Isaías 9,5).

  Las Escrituras nos muestran claramente el respeto por el ser humano aún no nacido. La Virgen María, embarazada de pocos días, es ya reconocida y alabada por su pariente Isabel como "la madre de su Señor" (cf. Lucas 1,43). El autor del Salmo 70 le dice a Dios: 

"En el vientre materno ya me apoyaba en ti, 
en el seno tú me sostenías".

En el salmo 139, se lee:

"Tú creaste mis entrañas,
me plasmaste en el seno de mi madre:
te doy gracias porque fui formado
de manera tan admirable.
¡Qué maravillosas son tus obras!
Tú conocías hasta el fondo de mi alma
y nada de mi ser se te ocultaba,
cuando yo era formado en lo secreto,
cuando era tejido en lo profundo de la tierra.
Tus ojos ya veían mis acciones,
todas ellas estaban en tu Libro;
mis días estaban escritos y señalados,
antes que uno solo de ellos existiera".

Y el Salmo 22 añade:

"Desde el seno materno, Tú eres mi Dios".

En cuanto a Jeremías, se dice en su libro:

"La palabra del Señor llegó a mí en estos términos: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones»" (Jeremías 1,5). 

En la Escritura, esa consideración por el no nacido es constante, y en la Tradición de la Iglesia ha estado presente desde los primeros cristianos ese precepto del "No Matarás" aplicado desde el seno materno. Por eso el Magisterio de la Iglesia reconoce sin ambages la humanidad del concebido, expresa el respeto y el amor que le debemos, y la necesidad de que la ley le proteja. El Catecismo es claro en esto (ver anexo al final). Resaltamos, citado en el Catecismo, el testimonio de la Didajé o "doctrina de los Apóstoles", un texto del siglo I del cristianismo, desaparecido y recuperado en 1873:

 "No matarás al embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido".

 Por tanto, vemos que este cuarto testigo también nos aconseja y ejemplifica  a favor de respetar y amar al no nacido. Vemos también que este ha sido también el testigo más manipulado para promover el aborto. Añadimos que, frente a todo esto, es importantísimo el papel de las asocciaciones provida, que han constituido es verdadero "Pepito grillo" de nuestra sociedad. Pepito grillo, le personaje que le dice continuamente a Pinocho lo que está mal, es la imagen literaria de este cuarto testigo. Verdaderamente, hoy el aborto sigue siendo una cuestión polémica a pesar de todo el poder de sus promotores; por dos razones: en primer lugar, porque en sí es algo antinatural, que va contra el amor de los padres por sus hijos; en segundo lugar, por ese "resto fiel" que ha constituido una conciencia viva, con palabras y con hechos, ayudando a las madres, a los padres, incluso a las mujeres y hombres que han abortado y sufren las consecuencias. La batalla que están librando los "provida" es importantísima. Frente al Goliat del aborto, se han constituido en un nuevo David. Muchos tratarán de "domesticarles" sembrando en ellos la desesperanza y desanimándoles de su denuncia del aborto, pero es imprescindible que sigan adelante.

 Y sobre todo, el mayor y mejor testigo es la Iglesia, en toda su amplitud. Ella es la "ciudad que está en la cima del monte", y nadie escapa a su visión (Mateo 5,14). Ella está llamada a continuar siendo la lámpara que dé ese testimonio de respeto, defensa y amor por el niño o niña aún no nacido, frente a todos los poderes del mundo.

---

ANEXO (enseñanza del catecismo de la Iglesia Católica sobre el aborto):

El aborto

2270 La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida (cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 1, 1).
«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jr 1, 5).

«Y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra» (Sal 139, 15).

2271 Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral.

«No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido» (Didajé, 2, 2; cf. Epistula Pseudo Barnabae, 19, 5; Epistula ad Diognetum 5, 5; Tertuliano, Apologeticum, 9, 8).

«Dios [...], Señor de la vida, ha confiado a los hombres la excelsa misión de conservar la vida, misión que deben cumplir de modo digno del hombre. Por consiguiente, se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables» (Gaudium et Spes51, 3).

2272 La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (cf CIC can. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad.

2273 El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye unelemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación:

“Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 3).

“Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho [...] El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda deliberada violación de sus derechos” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 3).

2274 Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano.

El diagnóstico prenatal es moralmente lícito, “si respeta la vida e integridad del embrión y del feto humano, y si se orienta hacia su protección o hacia su curación [...] Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 1, 2).

2275 Se deben considerar “lícitas las intervenciones sobre el embrión humano, siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual” (Instr. Donum vitae 1, 3).
«Es inmoral [...] producir embriones humanos destinados a ser explotados como “material biológico” disponible» (Instr. Donum vitae 1, 5).

“Algunos intentos de intervenir en el patrimonio cromosómico y genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos seleccionados en cuanto al sexo u otras cualidades prefijadas. Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad” (Instr. Donum vitae 1, 6).

sábado, 23 de enero de 2016

Confirmado: la píldora del día siguiente es abortiva


 Un artículo publicado el viernes 22 de Enero en el "European Journal of Clinical Pharmacy" confirma, contra la versión oficial, que la píldora del día siguiente es abortiva.

 Con un análisis de datos previamente publicados en mujeres, los investigadores muestran que el 49% de los embarazos evitados lo son por impedir la ovulación, mientras que el 51% restante lo serían por efectos distintos.

  Según los autores, estos resultados "sustentan un efecto post-fecundación" del producto, "como punto clave para las discusiones éticas sobre su uso".

Resumen del artículo (en inglés, pinchar para acceder):


 
 

sábado, 16 de enero de 2016

Conciencia y aborto (VI). El tercer testigo: la observación de sus efectos.


 El tercer testigo que nos habla de la misma realidad es la observación de los efectos del acto, en este caso el aborto, en las personas que lo realizan y en las sociedades que lo aprueban.

 Este testigo se fundamenta en que "lo bueno sale bien", y al contrario, "lo malo sale mal". Es decir, practicar el bien lleva a la persona a una vida más plena, alegre y en paz, mientras que el mal quita la paz y dificulta la vida.

 Para comprobarlo, necesitamos conocer personas que hayan abortado o lo contrario, que tras haber pasado por una dificultad en el embarazo, no lo hayan hecho. Ya hemos hablado del testimonio de Jesús García, colaborador provida, que nos hablaba de que conocía mujeres arrepentidas por haber abortado, pero ninguna de haber tenido a sus hijos.

 Es un punto importante éste del arrepentimiento. La conciencia íntima no engaña, y aunque puede haber personas que no se arrepientan de algo que está mal, al menos durante un tiempo, es difícil que alguien se arrepienta fuertemente de algo que no está mal. Hablamos de arrepentimiento en sentido moral. Aunque no es imposible, y existe la enfermedad espiritual de los escrúpulos, que precisamente consiste en tener remordimientos por cosas que no están mal, en la práctica esto no se da en la mayoría de la gente.

 Sin embargo, hay muchísimas mujeres -y hombres- que se arrepienten de haber abortado a sus hijos, aun sin que sean creyentes. Una buena muestra se halla en el libro "Yo aborté", con testimonios recopilados por Sara Martín y la Asociación de Víctimas del Aborto. Reproducimos algunas citas:


-"Ahora me toca vivir con el pesar de mi corazón" (Susana).

- "No quiero olvidar mi aborto: es algo que hice mal y lo asumo" (Lucía).

- "No hay derecho a que unos padres se desentiendan así del fruto de su concepción" (Alicia).

- "Aunque el aborto fue decisión de ella, si la hubiera convencido lo habríamos tenido. Ahora estoy muy arrepentido" (Antonio).

- "Espero, mi niño, que algún día me puedas perdonar. Yo no me lo perdonaré mientras viva (María).

- "Siento un dolor tan profundo que es inexplicable" (Natalia).

- "Esa misma noche lloraba de pena y arrepentimiento" (Rosa).

- "Yo no defendí la verdad, que es el único camino de liberación para el ser humano" (Fernando).

- "El aborto debería estar ilegalizado; es algo injusto para el bebé y horrible para la madre" (Clara).

- "Ahora no sé qué hacer con mi vida [...] Espero que mi testimonio pueda servir para que otras mujeres reflexionen y no aborten" (Victoria).

 Otros testimonios que nos pueden ayudar son de personas que no abortaron. Como mi mujer y yo nos dedicamos a la concienciación provida y a ayudar a las embarazadas o mujeres con síndrome post-aborto, a menudo alguien se entera y nos cuenta su historia. La mayoría de las veces son testimonios de hombres y mujeres que se arrepienten de haber participado en un aborto. Pero algunas veces son personas que, pese a un entorno adverso, decidieron tener a sus hijos. Recuerdo dos especialmente:

 Estaba dando una charla provida a un grupo de Cursillos de Cristiandad, y al final, una mujer contó su testimonio. Bastante joven, con ella y su pareja en el paro y sin recursos, vieron que estaba embarazada. Todos les decían que abortaran, pero ellos no lo hicieron, a pesar de las dificultades. Y ahora su hijo era ya un joven que había ayudado mucho a varias personas. Insistía no sólo en lo contentos que estaban de haber seguido adelante y el bien que había sido tener a su hijo, sino en que ahora su hijo estaba también haciendo el bien a otras personas, y nada de eso habría pasado si hubieran abortado.

 En otra ocasión, una mujer se acercó a nosotros en una fiesta del colegio. Nos contó su impresionante historia. En la noche de bodas, ella se da cuenta de que su marido es heroinómano y le deja. Pero estaba embarazada. Se lo cuenta a su tía, buscando apoyo, y le dice que aborte. Pero no: ella no cae en la tentación y además decide seguir con su marido. Al marido, le convence de dejar la droga, diciéndole que lo haga por su hijo. Le busca la forma de salir de su entorno y enviarle con su familia a Barcelona. Le llama continuamente, y le insiste siempre en que espera de él que sea un buen padre. Al cabo del tiempo, vuelve rehabilitado, y ella le busca un puesto de trabajo. Años después, nos contaba que eran un matrimonio feliz, que él es un buen padre, y que son una familia estupenda. Por supuesto -afirmaba- nada de eso habría pasado si le hubiera hecho caso a su tía y hubiese acabado con la vida de su hijo: su hijo estaría muerto y su marido, probablemente, también.

 A menudo las madres presionan fortísimamente a las hijas jóvenes para que aborten, sometiéndolas a un verdadero infierno. En un caso, temíamos que ella flaqueara en cualquier momento, o que su madre le diera tranquilizantes y la llevara a la fuerza a abortar. Sabíamos de otros casos en los que habían llevando a chicas muy jóvenes prácticamente a rastras, y aun llorando y diciendo que no iban por su voluntad, los aborteros las habían metido en el quirófano y les habían practicado el aborto -por ejemplo, el caso de Clara, cuyo testimonio antes comentamos-. También sabíamos lo cruel que puede ser una madre obstinada, hundiendo a una hija y atacando su punto débil para que aborte, o hasta qué extremos puede llegar: en uno de los casos que atendimos, la chica aceptó abortar después de que su madre la amenazara incluso con suicidarse si lo hacía.

 Pero, por una resolución judicial de emancipación, la madre se sintió impedida a seguir forzando a su hija -menor de edad- al aborto. Además, ella y su novio se mantuvieron firmes, aunque con muchas dificultades y disgustos, sin hacer caso a la idea de abortar. Lo que pasó después fue increíble: su madre aceptó la situación, aceptó el embarazo y empezó a ayudarla con todo su corazón, con todo el amor con que una madre ayuda a su hija embarazada, con toda la ilusión por tener un nieto, por prepararle un sitio, por comprarle ropita, por buscar la forma de solucionar los problemas que se plateen, con toda la alegría.

 Este caso sorprende, pero es muy típico de cómo una situación en la que aparentemente es todo negro, negrísimo, se torna luminosa cuando se acepta al hijo y no se cae en la oscuridad del aborto. Sabemos lo que pasa en los casos en que esto no sucede: las parejas a menudo se rompen, las relaciones madre-hija también, y la pareja queda con una carga psicológica tremenda y mantenida. Pero cuando no se cae en la tentación, lo que parecían gravísimos problemas empiezan a encontrar solución, los que parecían enemigos se tornan amigos, y los disgustos se convierten en alegría. Se pasa del negro al blanco, de la oscuridad a la luz, en un momento. Esta es quizá de las mayores satisfacciones que produce trabajar en favor de la vida; no sólo la muerte que se evitan, sino la felicidad y el agradecimiento que se ve luego en las personas a las que se ha ayudado.

 En relación con esto, sólo un par de breves testimonios más. El primero es el de un hombre que agradece, bastantes años después, por un encuentro casual, que les ayudaran a su mujer y a él a tener a su hija. Saca orgulloso una foto de la niña de la cartera, y dice lo muchísimo que la quiere y lo contento y feliz que está de haberla tenido. El segundo testimonio es el de una chica que llama al año siguiente, tras un contacto fugaz y al parecer infructuoso cuando estaba embarazada y pensando en abortar. Llama sólo para dar las gracias a la rescatadora y decirle que está feliz con su bebé, y que las dos palabritas que cruzaron, le sirvieron para desechar al final esa mala decisión que iba a tomar.

En realidad, muchas veces las mujeres se ven muy presionadas a abortar, por sus madres y/o sus parejas. Es claro que los movimientos e influencias que las llevan al aborto son siempre de presión y de miedo ("tú estás loca", "no sabes", "no puedes", "no tienes ni idea", "si lo tienes, conmigo no cuentes"), mientras que lo que las mantiene en tener a sus hijos son de apoyo, ayuda y esperanza.

 Es muy claro que este tercer y penúltimo testigo nos dice que el aborto es malo, y que seguir adelante sin caer en la tentación es bueno, y ayuda a las personas. La razón es sencilla: el mal no sólo hace daño a la víctima, sino que daña al propio que lo comete, porque va contra su propia naturaleza, contra su propio proyecto como persona, por decirlo así. Hay quienes creen que al tener un hijo no deseado se rompen proyectos; no es verdad, se modifican o adaptan más bien. Es el aborto el que rompe los proyectos más esenciales que tenemos sobre nosotros mismos.

 Esto es algo que se puede estudiar también epidemiológicamente, y se ha hecho: como antes dijimos, existe una relación causal entre aborto provocado y enfermedades mentales, como depresión, aborto y suicidio.

 Todo este mal que se hace a las personas con el aborto, se trasmite a las sociedades que lo aprueban, y las profesiones sanitarias que comulgan con ello. Incluso el aborto se llega a usar para tapar casos de violación y de abusos, sin que nadie se preocupe. Otra cosa que produce el mal es que lleva a males cada vez peores, en lo que se ha llamado "la pendiente resbaladiza de la inmoralidad". En cambio, el bien conduce al bien. Hace poco hemos visto vídeos con cámara oculta de cómo Planned Parenthood, la multinacional del aborto, hace negocios con los órganos de los bebés abortados, vendiéndolos para investigación. Incluso han desarrollado técnicas para matar el bebé sin que los órganos sufran daño, porque así valen más.

 No es ninguna locura lo que decía la Madre Teresa de Calcuta: "la mayor amenaza para la paz es el aborto". Añade "Rosa" en su testimonio publicado en el libro "Yo aborté": "Si alguien me pregunta, sin dudarlo le diré: no abortes, todo menos abortar. No es cuestión de fe o de credo, es un asunto de padres: el aborto nos hiere en lo más profundo de nuestro ser, va en contra radicamente de lo que somos y de lo que podemos hacer. No es justo que el estado permita semejante brutalidad de intervención en la que los padres matamos a nuestro hijo. Tarde o temprano, todo el mundo se da cuenta del horror del aborto".



¿Se puede estar contra el aborto y a favor de permitirlo?

"NO SÓLO ES ABORTISTA EL QUE ABORTA"


 Nadie puede juzgar a las personas, porque no sabe el grado de intención o de confusión que tuvieron al realizar un mal acto. Pero eso no impide ver y decir lo que está mal y prohibirlo si es necesario. Prohibir el crimen protege a las víctimas y a los que están tentados de cometer un mal acto, que luego sufren gravemente por las consecuencias.

 Pues bien, hay cuestiones morales que nos obligan a posicionarnos de forma absoluta, y dentro de esas hay algunas que afectan gravemente a personas inocentes, y que nos obligan a impedir, en la medida que esté en nuestra mano, que otros las cometan. Si uno dice que está en contra de la violación pero está a favor de permitir que se viole, es un mentiroso. Si uno dice que está en contra del asesinato pero está a favor de permitir que se asesine, es un mentiroso. Es una incongruencia cruel y bestial. Es, sencillamente, mentira.

 La razón es esta: el valor sagrado de la persona.Y ni siquiera hace falta ser religioso para verlo.

 Por lo mismo, uno no puede estar en contra del aborto y permitir que se aborte, es más, financiarlo con los impuestos que salen del trabajo de todos. En el asesinato de un inocente en el seno de su madre, uno, o está en contra de permitirlo, o no está en contra del aborto. Pero decir que uno está en contra del aborto y sin embargo está a favor de que se permita abortar, no es sólo incongruencia, es cinismo cruel, es mentira.

 Por tanto, no sólo es abortista el que aborta, sino el que es cooperador necesario, el que lo permite en la ley, el que está de acuerdo con que otro lo haga, y hasta el que, aun diciendo que está en contra del aborto, está a favor de que se permita a otros abortar. Todo lo contrario: estamos obligados a hacer lo necesario para impedirlo.


 Defender otra cosa es, además, haber perdido el temor de Dios, que hará justicia a los inocentes.

"Ellos pisotean a tu pueblo, Señor, y oprimen a tu herencia;
matan a la viuda y al extranjero, asesinan a los huérfanos;
y exclaman: «El Señor no lo ve,no se da cuenta el Dios de Jacob».

¡Entiendan, los más necios del pueblo!
y ustedes, insensatos, ¿cuándo recapacitarán?
El que hizo el oído, ¿no va a escuchar?
El que formó los ojos, ¿no va a ver?
¿Dejará de castigar el que educa a las naciones
y da a los hombres el conocimiento?"
Salmo 94, 5-10.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Conciencia y aborto (V). El segundo testigo: la razón.

 El segundo "testigo" que nos ayuda a distinguir lo bueno de lo malo es la razón La falsa razón de los sofistas busca cualquier punto de apoyo, cualquier idea, para construir un argumento y justificar lo que quiere. De paso, arroja todo tipo de sospechas para negar la contemplación de lo evidente y dificultar el trabajo de la razón verdadera.

 La verdadera razón, por el contrario, mira siempre directamente a la realidad de las cosas; contempla lo que son, y luego trata de comprenderlas para conocerlas mejor.

 Analizar lo que es el aborto es muy fácil para cualquiera que sea capaz de usar su razón sin obstáculos: ya todos sabemos -porque la ciencia nos lo ha mostrado- que empezamos nuestra vida cuando el espermatozoide fecundó al óvulo para formar el cigoto, es decir, desde la concepción. Y cada uno de nosotros sabe que si alguien hubiera acabado con ese embrión, hoy no estaría aquí. Es muy sencillo. Se pueden decir muchas cosas más para ayudar a personas confundidas, pero para quien quiere ver la verdad sin estar condicionado por otras conveniencias, con esto basta y sobra. Un aborto me habría matado, y no es ético matar.

 Por abundar en el tema, si miramos lo que es el ser que se mata con el aborto, se trata de un embrión o feto humano, un hijo, que tiene una carga genética propia, que le identifica como ser humano y como distinto de su padre y de su madre: una recombinación única de la carga genética recibida a partir de ambos. Bien, ya sabemos que no es "un embarazo" lo que se elimina con el aborto, sino un ser vivo, y que ese ser vivo es humano y distinto de la madre, por lo que no cabe invocar eso de que "cada uno puede hacer lo que quiera con su cuerpo". Como decía una pancarta de una manifestación provida en Hispanoamérica: "no es tu cuerpo, es tu hijo". Esa es la realidad.

 Por otra parte, no es ese embrión o feto que encontramos en ese momento lo único que se elimina, sino que eliminamos a una persona: al cortar su vida de raíz, no sólo le quitamos lo que es, sino lo que estaba llamado a ser. Es evidente y todos lo sabemos: si nos hubieran matado cuando éramos un embrión de unas horas, hoy no estaríamos aquí. La razón nos dice que el aborto elimina a una persona, es decir, el aborto es un asesinato.

 Un óvulo, en buenas condiciones de temperatura y medio ambiente, tiene una esperanza de vida de unas horas. Un espermatozoide, en buenas condiciones de temperatura y alimentación, tiene una esperanza de vida de unos cinco días. Pero una vez que el espermatozoide fecunda al óvulo, ese nuevo ser, producto de la concepción, tiene una esperanza de vida de unos ochenta años: ¡es una persona!

 Es claro que, al matar el embrión, estamos eliminando toda esa vida de la persona. Tertuliano, en el siglo II-III, lo expresa de esta manera:

 "No hay diferencia entre destruir una vida ya nacida o destruir una que está naciendo: quien será hombre, ya lo es".

 Vamos a abordarlo desde otro punto de vista: supongamos que no sabemos cuándo empieza la vida del ser humano. Me pregunto cuándo empecé a vivir. Pero lo qué si sé es que antes de formarse el embrión yo no existía, y ahora sí. ¿Cuándo se pasó de que yo no existiera a que sí existiera? ¿En el nacimiento? No, el nacimiento fue un cambio importante, pero ya existía. ¿En qué punto del embarazo, entonces? ¿En el sexto mes? ¿En el tercero? ¿Cuando se implantó el embrión en el útero, a los 5-6 días? En todos esos momentos no hubo cambios cualitativos, el embrión o feto crecía, pero no era algo sustancialmente distinto de lo que era ya un momento antes. Son cambios de lugar -implantación en el útero, nacimiento- o cuantitativos, de crecimiento y desarrollo. Sólo hay un cambio cualitativo, verdaderamente cualitativo, en todo ese proceso: la concepción, en la que un ser que antes no existía, empieza a existir en ese preciso momento. Antes sólo había dos gametos, el espermatozoide y el óvulo, células humanas que se ocupan de llevar la carga genética y generar la reproducción, pero que no son seres humanos en sí, son células específicas y especializadas. Pueden ser consideradas como otras células humanas, como los glóbulos blancos o las céllulas del hígado, las cuales también podrían vivir en un medio adecuado fuera del cuerpo, pero no son seres humanos en sí, ni pueden convertirse por sí mismas en un ser humano.

 Es llamativo cómo todas las justificaciopnes aparentemente racionales del aborto intentan precisamente nublar la razón, para que no actúe adecuadamente, para que no vea la realidad. Los proabortistas son generalmente reacios a entrar en discusiones racionales. Siempre intentan llevar la conversación al campo emocional o a otros, para pasar por alto el hecho de la realidad homicida del aborto.

 El argumento más usado es que el embrión o feto no es nada, no piensa, no siente, no sufre... Pero este argumento es pueril, porque si ahora no siente, en pocos meses sentirá; si ahora no piensa, en poco tiempo pensará; si ahora no sufre, en unas semanas sufrirá. Aun sin tener en cuenta que muchos abortos se hacen descuartizando al niño miembro a miembro cuando ya sí siente dolor, ese argumento no es válido. ¿Acaso una persona que está en cuidados intensivos no es humano porque ahora no piensa, no siente o no sufre? En unos días despertará curado; ¿se le puede matar ahora que no sufre? Y ¿cuando dormimos, se nos puede matar sin sufrir? Es absurdo. Olvidan estas personas que si matamos a ese embrión no matamos sólo un embrión, sino que acabamos con la vida de ese que será niño, joven, adulto, anciano... ¿Cómo decimos que es un "amasijo de células"? Ese "amasijo de células" tiene una identidad genética, una programación interna que le constituye en el principio de una vida humana. Es como si dijéramos que la partitura original del "Himno a la Alegría" de Beethoven fuera sólo "un papel emborronado". Es una simpleza tan basta que no resiste el menor análisis, salvo que uno quiera engañarse a sí mismo y a los demás.

 El aborto es el asesinato de un ser humano inocente e indefenso, es más, es el asesinato de un hijo, querida por aquellos que tienen la sagrada misión de cuidar de él con amor -sus padres-, y perpetrada por aquellos que tienen la profesión de cuidar la salud y la vida humana: los profesionales de la medicina. Y, a día de hoy, facilitada por leyes hechas por quienes tienen el encargo de servir a todos y cacarean bellas palabras sobre una supuesta "igualdad". Es muy evidente que el aborto es una discriminación criminal de seres humanos por razón de su edad.

 Podríamos dar muchos argumentos más, pero con estos es más que suficiente para ver que el segundo testigo -la razón bien utilizada- nos afirma claramente que el embrión o feto son seres humanos y que acabar con su vida es un asesinato totalmente contrario a la ética.

 Hay un argumento más que pueden utilizar los abortistas -y que todos tienen en su fuero interno-: "Aunque le quitemos su vida, él no se va a dar cuenta jamás de lo que se le ha quitado, nunca va a sufrir ese asesinato. Y pensemos en lo terrible que es para una chica que ha cometido un error tener que hacerse cargo de un niño sin estar preparada. Lo mejor que podemos hacer para todos es recurrir al aborto, o al menos dejar que cada uno decida". En el fondo se está justificando el asesinato, y lo que subyace en el fondo es la idea de que matar no está mal en algunas situaciones, como esta, en que el asesinado nunca llega a saberlo, y su vida supondría gravísimos inconvenientes para otros.

 Realmente, eso nos remite a otra pregunta más profunda, que es la que realmente está debajo: ¿matar está mal? Podríamos decir que no es ético hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. Eso lo aceptan prácticamente todos, pero dirían que ahí el asesinado no llega siquiera a "no gustarle" lo que le van a ahcer o lo que le han hecho. En cualquier caso, ¿te gustaría a ti, que estás vivo hoy, que te hubieran abortado, antes siquiera de haberte dado cuenta de que existías? No se puede responder que sí, a menos que se desprecie profundamente la propia vida. Y a veces, precisamente eso es lo que ocurre; es bastante comprensible que quien -a veces por profundas heridas personales, o por una falta de sentido- no tiene aprecio a su propia vida, no comprenda el imperativo moral de respetar la de los demás.

 En un sentido profundo, la sacralidad de la vida humana, que se puede percibir directamente sin ser una persona religiosa, se basa totalmente en el hecho de que el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios. No es extraño que quien cae en el error racional de no creer en Dios, no llegue a encontrar un sustento para la razón que suponga una negativa moral al asesinato. Como decía aquel personaje de Dostoievski, "si Dios no existe, todo está permitido". Eso no quiere decir que las personas que no creen en Dios no puedan tener una buena moral: como hemos visto, tienen la conciencia íntima, y son capaces de percibir por sí mismos el valor infinito de toda vida humana, pero no son capaces de sustentar esa moral con la sola razón. Perciben la moral dentro de sí mismos, y perciben la realidad del mundo y del ser humano en sí mismos y en otros, y a partir de esas percepciones pueden usar la razón para concluir que el aborto, la esclavitud o el robo están mal, e incluso pueden apoyarse en su conciencia íntima que les lleva a rechazar el mal... pero no pueden remontarse racionalmente a la causa primera por la que eso es así. Esa realidad es la ley eterna de Dios, la realidad que Él ha creado por su buena voluntad, el hecho de que nos ha creado a cada uno por amor, y ha puesto en nosotros su designio de amor, para que vivamos amándole, amándonos unos a otros y amando su creación.

sábado, 19 de diciembre de 2015

¿Es ético contemporizar con el aborto?

 El problema ético surge por el programa del partido Vox para las elecciones de Diciembre de 2015. Presuponiendo las mejores intenciones -no tiene por qué ser de otra manera-, este partido se propone llegar a acabar con el aborto, según su lema: "aborto cero". Pero, quizá porque no ven otra cosa factible a corto-medio plazo, se proponen primero volver a la ley española anterior a la vigente ley Aído-Rajoy.


 La duda surge inmediatamente: ¿es esto éticamente asumible?

 Para defender esa postura, podría alegarse que prohibir el aborto totalmente, tal como están las cosas en la actualidad, generaría una serie de problemas tan graves, que se formaría una corriente contraria y finalmente no se podría sostener, y podría resultar contraproducente.  Imaginamos a las mujeres yéndose a abortar a Francia o Inglaterra, y los partidos denunciando la discriminación de quienes no puedan pagárselo, etc.

 Sin embargo, ¿tenemos derecho a aceptar la muerte de un solo inocente, a mantener su inicua y criminal desprotección para evitar todos esos problemas?

 Parece que al hacer eso caemos precisamente el mismo error que se incurre al abortar: creer que el hombre tiene el deber de controlar todos los aspectos de su destino, aunque para ello tenga que disponer de la vida humana. El gran problema de nuestro tiempo, precisamente, es que el hombre se pretende erigir en auto-salvador a cualquier precio. Lo expresa así el número 675 del Catecismo de la Iglesia Católica:
"Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12;1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22)".

 Cristianos o no, no tenemos derecho a autorizar la muerte de un solo inocente, aunque como resultado de su protección esperásemos revueltas, desastres e incluso la muerte de más inocentes. Pero no nos es lícito participar aceptando, como autoridad, la muerte de uno solo de aquellos inocentes que tenemos el deber inexcusable de proteger. La civilización, la política, el orden social, sólo tienen sentido si se protege a los indefensos. Hacerlo de otro modo es minar los cimientos de nuestra civilización, aunque se haga con la mejor de las intenciones. Los que queremos salvaguardarla no podemos caer precisamente en el error del enemigo.

 Como mal menor, unos legisladores sí podrían aceptar eso -pero jamás proponerlo- si se les da a elegir entre dos propuestas cerradas, ante el gobierno de otros, estando en minoría y manifestando su disconformidad. Pero no es ético proponerlo uno mismo. Ese programa del partido Vox en este aspecto parece un gran error. Y no es un error menor, sino en uno de los cuatro "principios no negociables" que señaló Benedicto XVI: es decir, es uno de esos principios sobre los que no podemos contemporizar, no podemos negociar y que no se respeten.

"...el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas (ver Evangelium Vitae). Estos valores no son negociables".

Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, nº 83, Benedicto XVI, 20007.


 Recientemente, se produjo algo similar en España. El Ministro de Justicia, Sr. Ruiz-Gallardón, presentó una propuesta de ley del aborto que prácticamente volvía a la ley de 1985 y además eliminaba algunos supuestos, como los eugenésicos, que a día de hoy se llevan la vida del 90% de los niños con síndrome de Down, restringiendo también las condiciones de su aplicación para evitar el enorme fraude en el supuesto de riesgo para la salud de la madre. ¿Era lícito colaborar en proponer una ley así? Contra esto argumenta claramente Monseñor Reig Pla de esta manera:

 "Se debe aclarar que no es justificable moralmente la postura de los católicos que han colaborado con el Partido Popular en la promoción de la reforma de la ley del aborto a la que ahora se renuncia. La Encíclica Evangelium vitae del Papa San Juan Pablo II no prevé la posibilidad de colaboración formal con el mal (ni mayor ni menor); no hay que confundir colaborar formalmente con el mal (ni siquiera el menor) con permitir ‒ si se dan las condiciones morales precisas ‒ el mal menor. Dicha Encíclica (n. 73) lo que afirma es: «un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. […] En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos».  
"Llamar a las cosas por su nombre. Un verdadero reto para los católicos". Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares, 2014.
  Aunque aquí se expresa Mons. Reig Pla refiriéndose a los católicos, añadimos que este resulta un cuestionamiento ético para toda persona, ya que el deber de respetar y defender la vida humana no es un precepto religioso, sino una consecuencia de la realidad misma del ser humano, una cuestión de ley natural.

 Finalmente, con estos argumentos, reconociendo la dificultad del tema y presuponiendo la mejor de las intenciones, concluimos que no es ético, para quien desea ejercer la autoridad pública, contemporizar con el aborto de una sola persona. Autorizar la muerte injusta del inocente, aunque fuera para evitar males que podrían suponerse mayores, sería en sí un mal terrible: hacer esto simplemente no está en su derecho, como no está en el derecho de una pareja plantearse el aborto de su hijo. Se trata, por tanto, de un tremendo error esencial.