Conciencia y aborto (II): el conocimiento del bien y del mal.


 Decíamos que existe una realidad moral objetiva que nosotros no inventamos ni acordamos, sino que encontramos, investigamos, descubrimos y reconocemos. Esta es la realidad observable, y es así sea uno cristiano, budista o ateo. Aunque uno piense que matar no está mal, que la moral es un mero invento humano, hará mal si mata, y esta es una realidad tan clara como que se caerá si avanza sobre un precipicio, crea o no en la ley de la gravedad.

 Es más, al contemplar esa ley moral objetiva, lo que estamos contemplando, aun sin saberlo, aun sin creer en Dios o sin creer en un Dios legislador y justo, no es más que esa ley eterna que el Creador, Dios, ha insertado en la propia naturaleza humana. No hace falta creer en Dios para contemplar la existencia de la ley moral, pero sería absurdo e injusto hablar de ella y ocultar su origen divino.

 Ahora bien: ¿es posible para el hombre conocer esa ley moral? ¿es posible para él conocer lo que está bien y lo que está mal? Es evidente que tiene dificultades para conocerlo, y esas dificultades son de dos tipos: intrínsecas y extrínsecas.

 El problema intrínseco para conocer con certeza si algo está bien o mal es la propia fragilidad y debilitamiento del entendimiento humano. A veces, el hombre se equivoca involuntariamente, por defectos en su contemplación o en su capacidad lógica.

La segunda dificultad, extrínseca, es su propia conveniencia, la lucha interior que mantiene el hombre contra su tendencia a hacer cosas malas que cree que le convienen: quiere agredir o matar para evitar a quien le molesta, quiere coger lo que no es suyo o ser injusto para satisfacer sus apetencias, para ser más rico o más poderoso, quiere eludir sus responsabilidades para vivir más tranquilo y descansado, etc. Todo eso le facilita el autoengaño, y atiende más a razones falsas que le justifican el mal, que a las verdaderas razones que se lo muestran como es. Decía San Agustín, irónicamente: "lo que queremos es bueno, y lo que nos gusta, santo".

 Que el hombre puede equivocarse, autoengañarse o dejarse engañar por otros al reconocer si algo está bien o mal, es algo que todos, cristianos o no cristianos, podemos observar. Los cristianos, además, sabemos que esto es debido a que la naturaleza buena con la que fuimos creados, está herida por el pecado, y eso nos hace tender al mal, y autoengañarnos. Es más, nuestro conocimiento está debilitado, y tenemos dificultades reales para reconocer la realidad, para contemplarla tal como es.

 Pero el hecho de que tengamos dificultades, muchas dificultades, para reconocer el bien y el mal, no debe hacernos caer en una falsa humildad y dejar de preguntarnos por ellos, como si fueramos radicalmente incapaces de llegar a conocerlos. Tampoco podemos caer en el subjetivismo de que cada uno haga lo que quiera, que cada uno tenga su propia moral. ¿Podemos quedarnos tranquilos siendo nosotros justos según la moral que conocemos, mientras otros matan, explotan a los pobres o agreden a sus mujeres? Si la moral es objetiva, necesitamos que todos la reconozcan.

 Pero, ¿cómo conoce el hombre si algo está mal? Budzizewski, en su magnífico libro sobre moral "Lo que no podemos ignorar", trata este tema. Si resumimos sus observaciones, podemos centrarnos en cuatro formas de conocer el bien y el mal:

1. La conciencia íntima, que nos hace sentir lo que está mal y nos induce a apartarnos de ello. Además, nos lleva a arrepentirnos cuando lo hemos cometido.

2. La razón aplicada a los hechos observados. Está mal lo que va contra la propia realidad del ser humano.

3. La observación de los efectos del acto en las personas que los realizan y en las sociedades que lo aprueban.

4. El consejo de personas sabias y virtuosas, que constituyen para nosotros una autoridad moral.

 Más adelante analizaremos cada una de estas cuatro vías para conocer si algo está bien o mal. Por nuestras limitaciones, siempre podemos equivocarnos al escuchar a estos cuatro testigos, pero si los cuatro señalan en la misma dirección, obtenemos toda la seguridad que podemos para juzgar lo que está bien y lo que está mal, y actuar con responsabilidad.

 Una última palabra sobre lo de "juzgar". Una cosa es juzgar si un hecho es bueno o malo en sí, y otra cosa es juzgar a la persona que lo realiza. Los hechos son objetivos, pero la persona actúa subjetivamente, y aunque cometa un acto malo, no sabemos el grado de conocimiento y responsabilidad que tiene al realizalo. Es injusto juzgar moralmente a las personas, porque no podemos entrar en su conciencia. Pero sería también injusto no juzgar los actos, y negarnos a señalar y denunciar lo que está mal. Si las personas o sociedades renuncian a juzgar lo que está bien o mal, están renunciando a su propia conciencia, a corregirse en lo que estén haciendo mal, a corregir a los que hagan algo malo. Uno de los mayores daños que podríamos hacernos a nosotros mismos y a los demás, es renunciar al juicio ético de los actos.

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