sábado, 12 de diciembre de 2015

Conciencia y aborto (III): el primer testigo: (a) conciencia íntima y arrepentimiento



 Todos tenemos conciencia. Si fuésemos capaces de escucharla sin interrupciones, distracciones ni ruidos, sería infalible para indicarnos dónde está el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. La conciencia nos produce un rechazo directo, visceral, emocional, ante el mal contemplado.

  Pero la conciencia íntima, que tiene esta forma de actuar tan "primaria", tan pura e ingobernable, necesita ser estimulada directamente. Necesita la proximidad del hecho, el conocimiento o contemplación directa. No soporta que el vecino de al lado, al que conoce, esté muriendo de hambre, e inmediatamente nos movería a llevarle un bocadillo, pero se inmuta menos por una muchedumbre muriendo de hambre en un país lejano, a los que no ha visto las caras. Por eso los anuncios que tratan de estimular la conciencia para suscitar nuestra ayuda nos muestran imágenes que nos hagan ver sensiblemente lo que ocurre, que nos hagan "tomar conciencia".

 Si queremos saber qué dice este testigo del aborto, lo mejor que podemos hacer es exponernos a conocer qué es realmente un aborto, ver una película o algo similar. Hay muchas en Internet. La primera que se hizo fue "El grito silencioso", la ecografía de un aborto grabada por uno de los médicos más promotores del aborto en la historia, Bernard Nathanson, por pura curiosidad. Ver aquel vídeo cambió totalmente su forma de pensar y de actuar. Dejó el aborto y dedicó el resto de su vida a luchar contra él.

 Basta decir, para ver que la conciencia íntima nos hace rechazar visceralmente el aborto, que los vídeos de abortos son un potente material provida. Los abortistas no ponen vídeos de abortos ni muestran fotos de abortos para ganar adeptos; al contrario, todo su afán es ocultarlos. Es más, todo el afán del abortismo es ocultar en el lenguaje lo que se está haciendo. Nunca dirán, por ejemplo, "tu hijo tiene ocho semanas", sino "tienes un embarazo de ocho semanas", para que parezca que se va a acabar con un proceso fisiológico, no con la vida de ese hijo.

 La conciencia íntima actúa también después de haber cometido el acto malo, ¡y de qué forma! Como nos señala Budzizewski, los griegos la introdujeron en sus tragedias con la figura de las "Erinias" o "Furias" que perseguían sin dar descanso a aquél que había cometido un crimen, y no le dejaban en paz hasta que reconocía su culpa y pedía perdón; entonces se transformaban en benéficas "Euménides". Ahí podemos ver el símbolo de cuatro mecanismos psicológicos que nos ayudan a retomar el camino de vuelta al bien: el arrepentimiento o dolor del mal cometido, el deseo de confesión, el deseo de volver a hacernos justos, buenos, y el deseo de reparar en lo posible lo que hemos hecho. Estos cuatro mecanismos son la clave para muchas conductas humanas, aparentemente difíciles de explicar.

 El primero de estos mecanismos es el arrepentimiento, un dolor íntimo. Este nos lleva a reconocer que lo que hemos hecho está mal, y su misión es sacarnos de ese mal camino. El arrepentimiento nos da esperanza, nos mueve a salir de ahí. Decía el periodista Jesús García, colaborador provida y participante en el vídeo "La Batalla de la Vida": "conozco a muchas mujeres que se han sometido a un aborto y se han arrepentido, pero no conozco a ninguna que haya tenido a su hijo y se haya arrepentido, ¡todas están con su hijo...!

Sin embargo, muchas veces estas mujeres -y hombres- reprimen ese dolor, ese arrepentimiento, bien movidas por su entorno, al que se ven incapaces de superar, bien por su debilidad, porque se ven incapaces de asumir algo tan horrible, o bien voluntariamente, porque no admiten que lo que hicieron está mal. Cuando la conciencia íntima se reprime en el arrepentimiento, el mecanismo psicológico es de negación o bien todo lo contrario, de autoafirmación,

La negación consiste en ocultarse a sí mismo/a lo que ocurrió, taparlo, no pensar más en ello, incluso negarlo, convirtiéndolo en un tabú para uno mismo. Teresa Burke, una psicóloga que ha tratado a cientos de mujeres con síndrome post-aborto, refiere estos fenómenos de negación tan fuertes en mujeres que han abortado en su libro "Mujeres Silenciadas", una obra pionera en la sanación psicológica post-aborto.

La autoafirmación consiste en todo lo contrario, considerar que lo que se hizo estaba bien, pero recordemos que la conciencia por dentro está produciendo ese dolor. Por eso, el dolor necesita ser negado, reprimido o consolado por otros medios. Una política española, defensora del aborto, contaba cómo se había sometido a un aborto y se había consolado yendo de tiendas y "tirando de tarjeta", es decir, dándose el capricho de comprarse ropa, etc. Es conocido cómo muchas personas relacionadas con el aborto, mujeres que han abortado y personal que trabaja en abortorios, son proclives a caer en el alcohol y las drogas, o en relaciones sexuales promiscuas. Es una forma de buscar un falso consuelo para ese dolor. Y otra forma muy conocida de llenar ese vacío, que constatamos todos los que trabajamos en la causa provida, es buscar un nuevo embarazo. Muchos abortos se dan en mujeres que ya han tenido uno o varios abortos anteriores. En nuestra ciudad, una colaboradora habló en la consulta del ginecólogo con una mujer que se había sometido a cinco abortos. Es más, una médico abortista reconoció a una voluntaria provida que una de sus "clientes" se había sometido ya a ¡14 abortos!

 Las personas que no conocen este mundo del aborto, juzgan fácilmente a estas mujeres como si fueran monstruos; pero Esperanza Puente, testigo del aborto en primera persona, insiste en que "todos los siguientes abortos son cosecuencia del primero". No se trata de una "afición" al aborto o una falta completa de sentimientos, sino de un mecanismo psicológico que atrapa a la persona. En los casos más repetidos existe incluso un componente autolesivo del que hablaremos más adelante, porque es consecuencia de otro mecanismo distinto. La mujer, consciente o inconscientemente, busca el nuevo embarazo para aliviar ese dolor y vacío que le produjo la pérdida de su hijo. Pero cuando queda embarazada, se encuentra exactamente en la misma situación de debilidad, dificultad y falta de apoyo que hizo que la cosa acabara mal la primera vez. Y, o bien llega a tener una ayuda que la primera vez no tuvo -eso sucede cuando acude a una asociación provida, como Proyecto Ángel-, o acabará abortando otra vez.

 Cuando al arrepentimiento positivo, que trata de sacarnos del mal, la persona no le permite o no le encuentra una salida, se convierte en culpa, que llega a ser patológica, enfermiza. La diferencia entre el arrepentimiento y la culpa es que el primero se vive con esperanza y mueve a cambiar a la persona. La culpa, por el contrario, se vive sin esperanza, es estéril y sólo lleva a la autodestrucción. La diferencia más ejemplar entre el arrepentimiento y la culpa la encontramos en el relato de la Pasión de Jesucristo, entre la traición de San Pedro y la traición de Judas. San Pedro se arrepiente por haber negado que conocía a Jesús, llora su culpa y sigue adelante, cambia y hasta tendrá ocasión de expresar de nuevo su amor a Jesucristo resucitado, llorar ante él su traición y, finalmente, dar valiente testimonio de Jesús con su propia vida. Judas, en cambio, se llena de culpa por haber entregado a Jesús, no ve salida porque desconfía de la misericordia de Dios, carece de esperanza y acaba ahorcándose.

 El dolor del aborto a veces se convierte en culpa, en producto de un grito reprimido de la conciencia, y se traduce en depresión. El Instituto Elliot de Investigaciones Sociológicas comprobó científicamente en EEUU el aumento de los casos de depresión, ansiedad e intento de suicidio en mujeres que habían abortado, en comparación con aquellas que dieron a luz a sus hijos. Más recientemente, en Suecia, se registró un aumento de suicidios en mujeres a causa del aborto. En la práctica se observa también un fenómeno revelador que se ha llamado la "depresión del aniversario". La mujer calcula cuándo nacería su hijo y se deprime fuertemente cada vez que llega esa fecha, a veces sin ni siquiera darse cuenta ella misma que es por el aborto. Otras veces son detonantes los que desencadenan esa depresión: ver una madre con su bebé, ver un cartel, que una amiga tenga un hijo, etc. En ocasiones esto pasa años y hasta décadas después del aborto, como una olla que explota, sacando fuera toda la presión y dolor acumulados. Muchas veces, se producen somatizaciones, es decir, síntomas de diverso tipo, físicos, que se deben a ese dolor psíquico, a esa represión de la propia conciencia.

Es frecuente que las mujeres lloren a solas, en el cuarto de baño, en la ducha, como consecuencia del aborto. Algunas llegan a llorar todos los días durante mucho tiempo. Una chica de diecinueve años escribió a un foro provida para pedir ayuda, y nos contó que llevaba un año llorando ¡todos los días! También son frecuentes las pesadillas, los despertares nocturnos con mucha agitación, típicos del síndrome de estrés postraumático, etc. Todo esto, incluido el deseo de estar muerta, son manifestaciones que se ven reflejadas en la canción de Nena Daconte, "¿En qué estrella estará?" Adjuntamos el vídeo, y más adelante trataremos sobre la segunda "erinia", que es el deseo de confesión. De momento, queda claro que esta primera, el dolor por el aborto, existe y nos aporta un primer dato de la conciencia íntima, que nos dice que el aborto está mal. Por cierto, no se da sólo en mujeres, aunque en ellas sea más evidente: los hombres acuden también a pedir a yuda a programas de sanación cristiana post-aborto, como el Proyecto Raquel de Spei Mater.

Resulta muy evidente para los cristianos que esta conciencia de la que hemos hablado, y que nos hace gustar el bien y odiar el mal, es como un "sello" -usando la palabra de San Agustín- puesto por Dios en el corazón de todos los seres humanos. Es más, el cardenal Newman, hoy beatificado y citado por el Catecismo de la Iglesia Católica en su carta al Duche de Norfolk afirma que "la conciencia es el primero de los vicarios de Cristo". Es decir, el que escucha a su conciencia, aun sin saberlo, está escuchando al mismo Cristo, el Verbo, la Palabra de Dios. Así podemos entender que, a la pregunta del Apóstol San Judas Tadeo (no el traidor), que andaba preocupado por el problema de que Jesús no se manifestara Él mismo a todo el mundo, el mismo Jesús le respondió: "si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él" (Juan 14,23). Escuchar la propia conciencia, para uno que no conoce a Jesús, es una forma de "guardar su palabra" y de llegar a ser habitado por Dios.

También es muy claro que la conciencia íntima, debilitada en el ser humano por el pecado, puede quedar pisoteada por la insistencia en el mismo. Quien está acostumbrado a pisotear su conciencia en numerosas ocasiones, ya casi ni la oye cuando comete atrocidades. Comentaba un ex-pandillero colombiano, que la primera vez que le encargaron matar a un hombre temblaba todo entero, que tuvo que gritarse interiormente para acallar la voz de su conciencia mientras iba a hacia él y que, como ciego, descargó su cargador sobre aquel hombre. Las siguientes veces fue mucho más fácil, su conciencia pisoteada casi ni le hablaba,,,

En cambio, la conciencia, tan débil en todos por el pecado original, es restaurada en su fortaleza por la gracia de Dios, por él encuentro con Él. Una de las señales más "visibles" de la gracia invisible es que la persona que la recibe empieza a darse cuenta de lo que ha hecho mal y se arrepiente, cambiando de vida, a menudo sin que nadie le tenga que recordar que aquello estaba mal. Muchas personas, a raíz de un encuentro con Jesucristo, nos hemos arrepentido de responsabilidades relacionadas con el aborto. La misericordia de Dios todo lo perdona, lo sana... y hasta lo cambia para el bien. Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, ¡todas! (cf. Apocalipsis 21,5).

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