Conciencia y aborto (IV): el primer testigo (b): confesión, justificación, reparación


Liderados por el arrepentimiento y el dolor del mal cometido, que los creyentes identificamos como "pecado", otros tres movimientos psicológicos nos ayudan a salir de la trampa cuando hacemos algo mal: son el deseo de confesión, de justificación y de reparación.

El deseo de confesión nos mueve a contar lo malo que hemos hecho a otra persona, a alguien de confianza. Es evidente que nos sirve para buscar ayuda en alguien que nos ama. ¿Sucede esto con las personas que se arrepienten de un aborto? Afortunadamente, sí. Gracias a eso, acuden a programas de sanación integral para personas con este tipo de sufrimiento post-aborto.

Sin embargo, a veces el arrepentimiento es aún muy incipiente, y las personas a las que acuden para compartir un dolor tan íntimo reaccionan de forma inadecuada, como si fuera de tontos el sentirse mal por un aborto provocado. En ocasiones piensan y exteriorizan respuestas como: "bueno, cometiste un error, lo arreglaste (abortando) y ya está, olvídalo y no le des más vueltas". Con eso, el proceso de sanación de esa persona puede quedar frustrado, se sentirá aún más sola y se lo guardará todo, lo cual no va a hacerle ningún bien.

Otra situación diferente es la de aquellas personas que se niegan al arrepentimiento, que consuelan su dolor de otra forma, porque en ellas, el dolor sigue por dentro, y el deseo de confesión se mantiene. Pero en este caso, pueden llegar a contar su historia para autoafianzarse en lo que han hecho, decir que estuvo muy bien, que lo volverían a hacer. Pueden causar escándalo y llevar a otras personas a engañarse, a pensar que el aborto es una solución y que no pasa nada, que es como ponerse un empaste en una muela, lo cual es evidentemente falso. Hay un gran componente de engaño -empezando por el propio autoengaño- en esas actitudes, que resulta fácil de detectar. A menudo se justifican diciendo que el aborto está bien y que el dolor por haber abortado no es más que el reflejo de una educación represora en ese sentido.

Pero "dime de qué presumes y te diré de qué careces..." Por supuesto que la educación que recibimos es a menudo contraria al aborto, como es contraria al robo o a la mentira, pero los procesos de arrepentimiento y dolor post-aborto no se dan solamente en personas que han recibido esa educación. Se dan en todo tipo de personas, incluidas aquellas que no han recibido ninguna educación contra el aborto. Y si hablamos de represión, precisamente lo que se está reprimiendo en estos casos no es el aborto que ya se ha hecho, sino la propia conciencia, negándose a escucharla. La represión de la propia conciencia es una fuente de abundantes problemas psicológicos, que por desgracia algunos tratan de sanar reprimiéndola aún más -como si tener conciencia fuese algo enfermizo-. en lugar de hacerle caso y apartarse del mal cometido. Al contrario: dolerse por un aborto no es ningún síntoma de enfermnedad mental, todo lo contrario, es muestra de tener una psique bien configurada y sana. Puede convertirse en culpa enfermiza si ese dolor natural se reprime y se trata de negar o de ocultar por todos los medios, haciendo como si no existiera. Todo dolor natural, físico o psíquico, nos ayuda a evitar lo que nos daña y a procurar sanarnos.

El tercer mecanismo que hemos comentado es el deseo de justificación. Bien entendido, no se trata de buscar excusas al aborto que se cometió, sino que es fruto del arrepentimiento, que nos lleva a hacernos de nuevo justos, sentirnos de nuevo buenos. Y para sentirnos de nuevo justos, buenos, queremos por supuesto no volver a hacerlo, pedir perdón, sentirnos perdonados y expiar nuestra culpa, pagar por ella de alguna forma. Tras un aborto, necesitamos ser perdonados por ese hijo, por las personas a quienes ha afectado... y necesitamos eso que algunos llaman "perdonarse a uno mismo" y que en realidad es acoger ese perdón. Pero no nos sentiremos del todo perdonados si no recibimos explícitamente el perdón de quien muchos -incluso personas aparentemente poco creyentes- reconocemos como la verdadera y única autoridad capaz de perdonarnos absolutamente, y eso significa que queremos ser perdonados por Dios.

Como en otros casos, cuando ese movimiento de justificación es reprimido, aparecen sustitutos nada "amistosos" ni benéficos. Uno de ellos es precisamente pensar que la única salida a ese aborto era habernos destruido a nosotros mismos, y desear ferviertemente haberlo hecho. Hemos escuchado pensamientos de mujeres que desearían haberse dedicado a la prostitución para poder independizarse y evitar ese aborto al que se sintieron movidas por su entorno, u otras que desearían incluso haberse muerto. Son inicios de pensamientos autodestructivos, malos sucedáneos del deseo de justificación, cuando la persona se siente inmerecedora del perdón. En este punto, no hay nada que pueda sustituir verdaderamente el perdón gratuito que nos viene de Dios, no porque nosotros lo merezcamos, sino porque Jesús lo mereció para nosotros en la cruz, y porque Él, en su infinita misericordia, quiere perdonarnos, quiere que vivamos.

"Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 18,23).

En otros casos, cuando la persona se niega a arrepentirse, el deseo de justificación se puede transformar, intentando convertir en justo el aborto. El deseo de confesión se une al proceso y la persona se convierte en una defensora acérrima del aborto, recomendando abortos en cualquier circunstancia. Así encontramos a médicos que en su día cayeron en aceptar un aborto, y ahora recomiendan abortar por cualquier causa, como la toma de un medicamento que apenas tiene riesgo, la aparición de cualquier posible anomalía de dudosa relevancia en la ecografía, o por la aparición de enfermedades como la varicela, cuyo riesgo de producir problemas en el niño es menor del 2%. Es algo que hemos comprobado en diversos medios sanitarios y en numerosas ocasiones. Estas actitudes parecen consecuencia de una conciencia reprimida, que trata de autojustificarse ganando la aceptación de todos hacia el aborto, e incluso señalando a los que no están de acuerdo como malvados represores de la libertad. Si conocemos un poco de lo que ocurre, veremos que les importa poco el bienestar de las personas a las que a veces llegan incluso a presionar para que aborten, y que es su frustración interna la que les mueve. Por desgracia, esto es frecuente y hace mucho daño.

Hemos hablado antes del deseo de pagar por lo que se ha hecho. Puede ser difícil de entender, pero entra dentro del sentido de la justicia que todos tenemos. El sentido de que un crimen precisa un castigo es algo más profundo que un mero razonamiento. El problema es que cuando el hecho es muy grave, llegamos a darnos cuenta de que nada de lo que podamos hacer puede realmente pagar lo que hemos hecho. Los cristianos sabemos que precisamente por eso Jesús murió en la cruz y pagó lo que nosotros éramos incapaces de pagar, y que lo único que hemos de hacer es aceptar ese don, ese regalo. Por contra, en el post-aborto, encontramos a veces a personas que no quieren ser consoladas, que saben que están mal pero que quieren seguir estando mal, como autocastigo. Evidentemente, es una forma autodestructiva de vivir ese proceso, y se manifiesta no pocas veces en conductas autolesivas, como la promiscuidad sexual, las adicciones o incluso los abortos repetidos, de los que hemos hablado antes.

Finalmente, el último proceso psicológico, que sigue a la justificación y la completa, es el deseo de reparación. Reparar es tratar de deshacer el daño que se ha hecho. Muchas personas se lamentan de no poder devolverle la vida a ese niño, pero es un gran consuelo poder actuar de verdad como madres o padres con él, rezando por él, encomendándoselo a Dios.

En definitiva, vemos como los cuatro procesos psicológicos -arrepentimiento, confesión, justificación y reparación- son saludables y los observamos en la realidad del post-aborto. Los cristianos reconocemos fácilmente en ellos la acción de la misericordia de Dios, que nos mueve al arrepentimiento, a rechazar el pecado, a confesárselo a Él a través del sacerdote. Así recibimos su perdón explícito y nos sabemos y sentimos justificados por los méritos de Cristo en la cruz; así nos convertirnos y contribuimos a reparar de alguna forma lo que hemos hecho.

Cristianos o no, la realidad es que el testigo de la conciencia íntima lo tenemos todos, y si lo estimulamos contemplando lo que es un aborto y le escuchamos sin acallarlo con prejuicios, nos declara sin duda que el aborto es malo.

Pero tenemos cuatro testigos: preguntemos al segundo...

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