jueves, 30 de enero de 2014

El aborto nunca es "seguro"

  Un estudio epidemiológico llevado a cabo en Finlandia, muestra que las mujeres que abortan tienen 6 veces más riesgo morir por causas extrínsecas (autolisis, asesinato, accidente, etc) que las que dan a luz a sus hijos. Las cifras suponen 50,4 muertes anuales más por cada 100.000 mujeres que han abortado. En España, 112.390 embarazadas se someten a un aborto provocado cada año (dato de 2012). Aplicando los datos del estudio podemos estimar que unas 57 mujeres mueren al año en España por causas extrínsecas relacionadas con el aborto, especialmente autolisis (30 al año).

Afortunadamente, la incidencia de suicidio en mujeres españolas es unas 4 veces inferior a la de Finlandia. Sin embargo, no sabemos si esta menor tasa es también aplicable a los suicidios asociados al aborto. De ser así, en el mejor de los casos, las muertes anuales por autolisis no serían 30, sino la cuarta parte, unas 7. Lógicamente, estas 7-30 muertes anuales no son más que la punta del iceberg de los intentos de autolisis y del sufrimiento psicológico post-aborto.

El "aborto seguro" es un mito para proteger un negocio: la realidad es que el aborto siempre daña a la mujer. Urgen políticas sociales para ayudar a la parejas o mujeres solas que se quedan embarazadas, de forma que no se vean coaccionadas hacia el aborto y puedan tener a sus hijos.

Emilio Alegre
Farmacéutico, Hospital Universitario de Puerto Real (Cádiz, España)

jueves, 2 de enero de 2014

Experimentación con fetos abortados


ADVERTENCIA: Este artículo puede herir su sensibilidad. Especialmente, le recomendamos se abstenga de leerlo si ha sufrido un aborto espontáneo o provocado. 
   Lo que se describe a continuación está referido en revistas científicas y firmado por los propios autores de los experimentos. Se trata de científicos de todo el mundo y de revistas de elevado prestigio en el ámbito de la Medicina. Las fuentes son fácilmente comprobables por cualquier profesional.

   En algunos de estos textos se habla del uso experimental de fetos vivos procedentes de abortos provocados. Hay ya numerosos casos de personas que han sobrevivido a un aborto, rescatados por enfermeras. Pero, normalmente, durante el aborto se utiliza algún procedimiento para matar al feto y así evitar extraerlo vivo, bien sea la inyección a través del abdomen de la madre de una solución de cloruro potásico que para el corazón del bebé, la instilación de solución salina concentrada en el líquido amniótico que al ser tragada produce quemadura osmótica, clavar un punzón en la base del cráneo en el aborto por nacimiento parcial cuando ya sólo resta por salir la cabecita, o el descuartizamiento intrauterino en el caso de los bebés con menos tiempo de gestación. En otros casos, el propio trabajo de parto mata al bebé, aún inmaduro, o bien éste muere posteriormente en la bolsa de desechos, a veces tapado por la placenta. Para que pudieran ser usados en experimentos, nada de esto se hacía, sino que se extraía vivos a los niños “abortados” y se utilizaban en el laboratorio, como cobayas humanos. En algunos casos, se extraían por cesárea con el fin de obtenerles vivos en mejor estado.

Los primeros experimentos con fetos vivos

   En 1954, Enhörning y Westin publican un artículo cuyo título es: “Estudios experimentales del feto humano en asfixia prolongada”. Lo hacen en la revista Acta Physiologica Scandinava. Según describen , utilizaron 14 fetos vivos de 2 a 8 meses de gestación, procedentes de abortos provocados, para inyectarles diversos productos. Registraron su tensión arterial, electrocardiograma, latido del corazón, jadeos y contracciones de los miembros hasta que murieron.

   Westin y sus colaboradores desarrollaron otro experimento con fetos vivos procedentes de abortos, que sobrevivieron entre 5 y 12 horas. Se registraron sus movimientos de cabeza, tronco y extremidades, y se grabaron en una película en color que se podía ver en una institución de Estocolmo. Publicaron los resultados en la revista Acta Pediatrica en 1958.

   Kullander y Sunden escribieron otro artículo en el que se estudió la resistencia de 42 fetos vivos procedentes de abortos, hasta su muerte por asfixia, que se producía unas tres horas después. Se comprobó que sumergiéndoles en suero a 4ºC y calentándoles luego a 37ºC sobrevivían unas dos horas más. El experimento fue publicado en el Journal of Endocrinology en 1961.

Los experimentos del Dr. Goodlin

   A principios de los años 60, el Dr. Goodlin se propuso estudiar  si los fetos de 2 a 6 meses de gestación podían respirar a través de la piel. Para ello, sumergieron 15 fetos aún vivos, procedentes de abortos provocados, en cámaras de inmersión. Aumentaron la presión a 17 atmósferas (equivalente a la que se encuentra a 160 m de profundidad) para forzar el paso de gases a través de la piel. Al cabo de 11 horas, se procedía a la descompresión y se comprobaba si seguían vivos, observando si el cordón umbilical y el corazón seguían latiendo. Para asegurarse, rajaban el tórax y observaban directamente el corazón. Si seguía latiendo, continuaban el experimento con otras 11 horas de “inmersión”. Ninguno sobrevivió a la tercera inmersión, según los autores. El que más resistió vivió 23 horas. En un caso, se extrajo sangre directamente del corazón de un feto que sobrevivió a la primara inmersión, mientras latía a sólo 20 pulsaciones/minuto. El artículo se publicó en el American Journal of Obstetrics and Gynaecology, en 1963.

Los experimentos del Dr. Chamberlain

   Cuatro años más tarde, en 1967, un equipo investigador utilizó ocho fetos vivos, procedentes de abortos provocados por cesárea, para experimentar un mecanismo de circulación artificial de la sangre. Se les medía la frecuencia respiratoria, el pulso y la presión, y se les tomaba muestras de sangre periódicamente. También se observaba en efecto de enfriarles y calentarles sobre la actividad del corazón. Los más pequeños eran los que antes morían; tardaban 90 minutos. El más grande fue el que sobrevivió más tiempo. Era un niño de 980 gramos; la madre tenía 14 años y estaba embarazada de 6 meses, según el artículo. El niño extendía a veces los brazos y las piernas y daba boqueadas cada vez más frecuentes. Al principio eran dos por minuto, y al final unas 8-10 por minuto. Fueron 5 horas y 8 minutos de vida fuera del seno materno. El experimento fue publicado en la prestigiosa revista de la Asociación Médica Americana (JAMA) y en el American Journal of Obstetrics and Gynaecology, y recibió un premio de la Asociación Americana de Ginecólogos y Obstretras, en cuyo congreso anual fue presentado. El artículo incluye una foto de uno de los niños durante el experimento (ver figura).

Experimentos posteriores

   Ante la aceptación de algunas revistas norteamericanas, europeas y japonesas, experimentos como estos continuaron llevándose a cabo. Algunos han utilizado como conejillos de Indias a las propias embarazadas. Adam y sus colaboradores, en el Hospital de Helsinki, inyectaron insulina preparada por BJ Green, del laboratorio Abbott, a 23 embarazadas de 3-4 meses de gestación. Para el estudio se eligió a embarazadas que iban a abortar, ya que la insulina hace descender en la sangre la glucosa de que se alimenta el feto. Presentaron sus datos en la revista “Diabetes”. El mismo equipo publicó en 1972 un artículo similar, pero esta vez usando otra sustancia, el glucagón, que hace aumentar el nivel de glucosa en sangre. Se administró en esta ocasión a 10 embarazadas. De nuevo se agradece la colaboración del laboratorio Abbott. Años después, utilizaron 12 cabezas de abortos entre tres y cinco meses de gestación para estudiar el metabolismo del cerebro.

   Kim y Felig, de la Universidad de Yale, observaron los efectos de someter a 18 embarazadas con 4-5 meses de gestación a un ayuno prolongado durante 4 días seguidos. Recibieron tres becas para la investigación, que fue presentada a dos congresos, uno de Pediatría y otro de Ginecología. En Japón se vacunó a mujeres que iban abortar con vacuna de rubeola de virus vivos, para comprobar si el virus pasaba a los fetos.

   En las últimas décadas, se ha desarrollado el comercio de fetos y órganos procedentes del aborto provocado, con fines de experimentación. En algunos casos, los órganos estaban disponibles bajo pedido. Algunas empresas ofrecían sus servicios de órganos “a la carta”, con garantía de facilitar las piezas con el máximo grado de frescura. Diversos grupos investigadores se han quejado de que el aborto por envenenamiento salino provocaba la “maceración” de los órganos, quedando inservibles. En cambio, otros se quejaban de que el aborto por dilatación y curetaje, que dilata el cuello del útero y corta al feto “in vivo” extrayéndolo a pedazos, dañaba los órganos y los dejaba inútiles para la experimentación.

   Finalmente, se ha puesto de manifiesto un tráfico de restos abortos para uso en industrias cosméticas y otras, así como la extracción cuidadosa de órganos y su comercio para el trasplante. Toda la información previa puede ampliarse en el artículo “Experimentación fetal, trasplantes, cosmética y su relación con el aborto provocado”, publicado por el Dr. Redondo* en Cuadernos deBioética 2012, 695-733.

Conclusión

   Los terribles hechos antes descritos muestran cómo el aborto provocado ha empujado el respeto a la dignidad del no nacido por la resbaladiza pendiente de la inmoralidad. Llama la atención, aún más que la crueldad de los grupos de investigadores, la aceptación de diversas revistas y asociaciones profesionales de la Medicina, incluidas algunas de Ginecología y Pediatría. Sin embargo, los actos enumerados aquí, que sorprenden por la frialdad con que son descritos, no son tan distintos, desde un punto de vista ético, de lo que ocurre a diario en los centros de abortos, con la connivencia o el desinterés de parte de la sociedad.

* Agradecemos al Dr. Redondo la revisión de este texto.