Conciencia y aborto (V). El segundo testigo: la razón.

 El segundo "testigo" que nos ayuda a distinguir lo bueno de lo malo es la razón La falsa razón de los sofistas busca cualquier punto de apoyo, cualquier idea, para construir un argumento y justificar lo que quiere. De paso, arroja todo tipo de sospechas para negar la contemplación de lo evidente y dificultar el trabajo de la razón verdadera.

 La verdadera razón, por el contrario, mira siempre directamente a la realidad de las cosas; contempla lo que son, y luego trata de comprenderlas para conocerlas mejor.

 Analizar lo que es el aborto es muy fácil para cualquiera que sea capaz de usar su razón sin obstáculos: ya todos sabemos -porque la ciencia nos lo ha mostrado- que empezamos nuestra vida cuando el espermatozoide fecundó al óvulo para formar el cigoto, es decir, desde la concepción. Y cada uno de nosotros sabe que si alguien hubiera acabado con ese embrión, hoy no estaría aquí. Es muy sencillo. Se pueden decir muchas cosas más para ayudar a personas confundidas, pero para quien quiere ver la verdad sin estar condicionado por otras conveniencias, con esto basta y sobra. Un aborto me habría matado, y no es ético matar.

 Por abundar en el tema, si miramos lo que es el ser que se mata con el aborto, se trata de un embrión o feto humano, un hijo, que tiene una carga genética propia, que le identifica como ser humano y como distinto de su padre y de su madre: una recombinación única de la carga genética recibida a partir de ambos. Bien, ya sabemos que no es "un embarazo" lo que se elimina con el aborto, sino un ser vivo, y que ese ser vivo es humano y distinto de la madre, por lo que no cabe invocar eso de que "cada uno puede hacer lo que quiera con su cuerpo". Como decía una pancarta de una manifestación provida en Hispanoamérica: "no es tu cuerpo, es tu hijo". Esa es la realidad.

 Por otra parte, no es ese embrión o feto que encontramos en ese momento lo único que se elimina, sino que eliminamos a una persona: al cortar su vida de raíz, no sólo le quitamos lo que es, sino lo que estaba llamado a ser. Es evidente y todos lo sabemos: si nos hubieran matado cuando éramos un embrión de unas horas, hoy no estaríamos aquí. La razón nos dice que el aborto elimina a una persona, es decir, el aborto es un asesinato.

 Un óvulo, en buenas condiciones de temperatura y medio ambiente, tiene una esperanza de vida de unas horas. Un espermatozoide, en buenas condiciones de temperatura y alimentación, tiene una esperanza de vida de unos cinco días. Pero una vez que el espermatozoide fecunda al óvulo, ese nuevo ser, producto de la concepción, tiene una esperanza de vida de unos ochenta años: ¡es una persona!

 Es claro que, al matar el embrión, estamos eliminando toda esa vida de la persona. Tertuliano, en el siglo II-III, lo expresa de esta manera:

 "No hay diferencia entre destruir una vida ya nacida o destruir una que está naciendo: quien será hombre, ya lo es".

 Vamos a abordarlo desde otro punto de vista: supongamos que no sabemos cuándo empieza la vida del ser humano. Me pregunto cuándo empecé a vivir. Pero lo qué si sé es que antes de formarse el embrión yo no existía, y ahora sí. ¿Cuándo se pasó de que yo no existiera a que sí existiera? ¿En el nacimiento? No, el nacimiento fue un cambio importante, pero ya existía. ¿En qué punto del embarazo, entonces? ¿En el sexto mes? ¿En el tercero? ¿Cuando se implantó el embrión en el útero, a los 5-6 días? En todos esos momentos no hubo cambios cualitativos, el embrión o feto crecía, pero no era algo sustancialmente distinto de lo que era ya un momento antes. Son cambios de lugar -implantación en el útero, nacimiento- o cuantitativos, de crecimiento y desarrollo. Sólo hay un cambio cualitativo, verdaderamente cualitativo, en todo ese proceso: la concepción, en la que un ser que antes no existía, empieza a existir en ese preciso momento. Antes sólo había dos gametos, el espermatozoide y el óvulo, células humanas que se ocupan de llevar la carga genética y generar la reproducción, pero que no son seres humanos en sí, son células específicas y especializadas. Pueden ser consideradas como otras células humanas, como los glóbulos blancos o las céllulas del hígado, las cuales también podrían vivir en un medio adecuado fuera del cuerpo, pero no son seres humanos en sí, ni pueden convertirse por sí mismas en un ser humano.

 Es llamativo cómo todas las justificaciopnes aparentemente racionales del aborto intentan precisamente nublar la razón, para que no actúe adecuadamente, para que no vea la realidad. Los proabortistas son generalmente reacios a entrar en discusiones racionales. Siempre intentan llevar la conversación al campo emocional o a otros, para pasar por alto el hecho de la realidad homicida del aborto.

 El argumento más usado es que el embrión o feto no es nada, no piensa, no siente, no sufre... Pero este argumento es pueril, porque si ahora no siente, en pocos meses sentirá; si ahora no piensa, en poco tiempo pensará; si ahora no sufre, en unas semanas sufrirá. Aun sin tener en cuenta que muchos abortos se hacen descuartizando al niño miembro a miembro cuando ya sí siente dolor, ese argumento no es válido. ¿Acaso una persona que está en cuidados intensivos no es humano porque ahora no piensa, no siente o no sufre? En unos días despertará curado; ¿se le puede matar ahora que no sufre? Y ¿cuando dormimos, se nos puede matar sin sufrir? Es absurdo. Olvidan estas personas que si matamos a ese embrión no matamos sólo un embrión, sino que acabamos con la vida de ese que será niño, joven, adulto, anciano... ¿Cómo decimos que es un "amasijo de células"? Ese "amasijo de células" tiene una identidad genética, una programación interna que le constituye en el principio de una vida humana. Es como si dijéramos que la partitura original del "Himno a la Alegría" de Beethoven fuera sólo "un papel emborronado". Es una simpleza tan basta que no resiste el menor análisis, salvo que uno quiera engañarse a sí mismo y a los demás.

 El aborto es el asesinato de un ser humano inocente e indefenso, es más, es el asesinato de un hijo, querida por aquellos que tienen la sagrada misión de cuidar de él con amor -sus padres-, y perpetrada por aquellos que tienen la profesión de cuidar la salud y la vida humana: los profesionales de la medicina. Y, a día de hoy, facilitada por leyes hechas por quienes tienen el encargo de servir a todos y cacarean bellas palabras sobre una supuesta "igualdad". Es muy evidente que el aborto es una discriminación criminal de seres humanos por razón de su edad.

 Podríamos dar muchos argumentos más, pero con estos es más que suficiente para ver que el segundo testigo -la razón bien utilizada- nos afirma claramente que el embrión o feto son seres humanos y que acabar con su vida es un asesinato totalmente contrario a la ética.

 Hay un argumento más que pueden utilizar los abortistas -y que todos tienen en su fuero interno-: "Aunque le quitemos su vida, él no se va a dar cuenta jamás de lo que se le ha quitado, nunca va a sufrir ese asesinato. Y pensemos en lo terrible que es para una chica que ha cometido un error tener que hacerse cargo de un niño sin estar preparada. Lo mejor que podemos hacer para todos es recurrir al aborto, o al menos dejar que cada uno decida". En el fondo se está justificando el asesinato, y lo que subyace en el fondo es la idea de que matar no está mal en algunas situaciones, como esta, en que el asesinado nunca llega a saberlo, y su vida supondría gravísimos inconvenientes para otros.

 Realmente, eso nos remite a otra pregunta más profunda, que es la que realmente está debajo: ¿matar está mal? Podríamos decir que no es ético hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. Eso lo aceptan prácticamente todos, pero dirían que ahí el asesinado no llega siquiera a "no gustarle" lo que le van a ahcer o lo que le han hecho. En cualquier caso, ¿te gustaría a ti, que estás vivo hoy, que te hubieran abortado, antes siquiera de haberte dado cuenta de que existías? No se puede responder que sí, a menos que se desprecie profundamente la propia vida. Y a veces, precisamente eso es lo que ocurre; es bastante comprensible que quien -a veces por profundas heridas personales, o por una falta de sentido- no tiene aprecio a su propia vida, no comprenda el imperativo moral de respetar la de los demás.

 En un sentido profundo, la sacralidad de la vida humana, que se puede percibir directamente sin ser una persona religiosa, se basa totalmente en el hecho de que el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios. No es extraño que quien cae en el error racional de no creer en Dios, no llegue a encontrar un sustento para la razón que suponga una negativa moral al asesinato. Como decía aquel personaje de Dostoievski, "si Dios no existe, todo está permitido". Eso no quiere decir que las personas que no creen en Dios no puedan tener una buena moral: como hemos visto, tienen la conciencia íntima, y son capaces de percibir por sí mismos el valor infinito de toda vida humana, pero no son capaces de sustentar esa moral con la sola razón. Perciben la moral dentro de sí mismos, y perciben la realidad del mundo y del ser humano en sí mismos y en otros, y a partir de esas percepciones pueden usar la razón para concluir que el aborto, la esclavitud o el robo están mal, e incluso pueden apoyarse en su conciencia íntima que les lleva a rechazar el mal... pero no pueden remontarse racionalmente a la causa primera por la que eso es así. Esa realidad es la ley eterna de Dios, la realidad que Él ha creado por su buena voluntad, el hecho de que nos ha creado a cada uno por amor, y ha puesto en nosotros su designio de amor, para que vivamos amándole, amándonos unos a otros y amando su creación.

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