¿Es ético contemporizar con el aborto?

 El problema ético surge por el programa del partido Vox para las elecciones de Diciembre de 2015. Presuponiendo las mejores intenciones -no tiene por qué ser de otra manera-, este partido se propone llegar a acabar con el aborto, según su lema: "aborto cero". Pero, quizá porque no ven otra cosa factible a corto-medio plazo, se proponen primero volver a la ley española anterior a la vigente ley Aído-Rajoy.


 La duda surge inmediatamente: ¿es esto éticamente asumible?

 Para defender esa postura, podría alegarse que prohibir el aborto totalmente, tal como están las cosas en la actualidad, generaría una serie de problemas tan graves, que se formaría una corriente contraria y finalmente no se podría sostener, y podría resultar contraproducente.  Imaginamos a las mujeres yéndose a abortar a Francia o Inglaterra, y los partidos denunciando la discriminación de quienes no puedan pagárselo, etc.

 Sin embargo, ¿tenemos derecho a aceptar la muerte de un solo inocente, a mantener su inicua y criminal desprotección para evitar todos esos problemas?

 Parece que al hacer eso caemos precisamente el mismo error que se incurre al abortar: creer que el hombre tiene el deber de controlar todos los aspectos de su destino, aunque para ello tenga que disponer de la vida humana. El gran problema de nuestro tiempo, precisamente, es que el hombre se pretende erigir en auto-salvador a cualquier precio. Lo expresa así el número 675 del Catecismo de la Iglesia Católica:
"Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12;1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22)".

 Cristianos o no, no tenemos derecho a autorizar la muerte de un solo inocente, aunque como resultado de su protección esperásemos revueltas, desastres e incluso la muerte de más inocentes. Pero no nos es lícito participar aceptando, como autoridad, la muerte de uno solo de aquellos inocentes que tenemos el deber inexcusable de proteger. La civilización, la política, el orden social, sólo tienen sentido si se protege a los indefensos. Hacerlo de otro modo es minar los cimientos de nuestra civilización, aunque se haga con la mejor de las intenciones. Los que queremos salvaguardarla no podemos caer precisamente en el error del enemigo.

 Como mal menor, unos legisladores sí podrían aceptar eso -pero jamás proponerlo- si se les da a elegir entre dos propuestas cerradas, ante el gobierno de otros, estando en minoría y manifestando su disconformidad. Pero no es ético proponerlo uno mismo. Ese programa del partido Vox en este aspecto parece un gran error. Y no es un error menor, sino en uno de los cuatro "principios no negociables" que señaló Benedicto XVI: es decir, es uno de esos principios sobre los que no podemos contemporizar, no podemos negociar y que no se respeten.

"...el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas (ver Evangelium Vitae). Estos valores no son negociables".

Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, nº 83, Benedicto XVI, 20007.


 Recientemente, se produjo algo similar en España. El Ministro de Justicia, Sr. Ruiz-Gallardón, presentó una propuesta de ley del aborto que prácticamente volvía a la ley de 1985 y además eliminaba algunos supuestos, como los eugenésicos, que a día de hoy se llevan la vida del 90% de los niños con síndrome de Down, restringiendo también las condiciones de su aplicación para evitar el enorme fraude en el supuesto de riesgo para la salud de la madre. ¿Era lícito colaborar en proponer una ley así? Contra esto argumenta claramente Monseñor Reig Pla de esta manera:

 "Se debe aclarar que no es justificable moralmente la postura de los católicos que han colaborado con el Partido Popular en la promoción de la reforma de la ley del aborto a la que ahora se renuncia. La Encíclica Evangelium vitae del Papa San Juan Pablo II no prevé la posibilidad de colaboración formal con el mal (ni mayor ni menor); no hay que confundir colaborar formalmente con el mal (ni siquiera el menor) con permitir ‒ si se dan las condiciones morales precisas ‒ el mal menor. Dicha Encíclica (n. 73) lo que afirma es: «un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. […] En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos».  
"Llamar a las cosas por su nombre. Un verdadero reto para los católicos". Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares, 2014.
  Aunque aquí se expresa Mons. Reig Pla refiriéndose a los católicos, añadimos que este resulta un cuestionamiento ético para toda persona, ya que el deber de respetar y defender la vida humana no es un precepto religioso, sino una consecuencia de la realidad misma del ser humano, una cuestión de ley natural.

 Finalmente, con estos argumentos, reconociendo la dificultad del tema y presuponiendo la mejor de las intenciones, concluimos que no es ético, para quien desea ejercer la autoridad pública, contemporizar con el aborto de una sola persona. Autorizar la muerte injusta del inocente, aunque fuera para evitar males que podrían suponerse mayores, sería en sí un mal terrible: hacer esto simplemente no está en su derecho, como no está en el derecho de una pareja plantearse el aborto de su hijo. Se trata, por tanto, de un tremendo error esencial.

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