Conciencia y aborto (VII). El cuarto testigo: el consejo de personas sabias.


 Para completar y contratar lo que pensamos por nosotros mismos, viene el cuarto y último testigo que nos ayuda a decidir, que es el consejo de personas sabias y virtuosas, que es a quienes consideramos como autoridad moral. "Autoridad", viene de "augere", que significa crecer. Consideramos autoridad a aquel que nos hace crecer, que nos muestra un camino verdadero para nuestra vida. Como "el mejor predicador es fray ejemplo", consideramos que esa autoridad moral, esos maestros que nos hacen crecer no son personas que hablan muy bien, sino personas que, sobre todo, viven muy bien, es decir, en las que vemos integridad. Ellos estimulan y satisfacen ese deseo que todos llevamos dentro de ser buenos, de ser plenamente humanos. Vemos que su ejemplo y su consejo nos hace bien.

 Un ejemplo muy claro y actual puede ser la Madre Teresa de Calcuta. Está ante los ojos de todos su integridad; es la personas que no se va a callar para quedar bien ante los poderosos. Es la persona que ha sido íntegra y ha dedicado toda su vida a acoger y amar a los más pobres de los pobres. En el fondo de nuestro corazón, a todos nos gustaría ser como ella, tener ese amor y esa integridad para darse y para decir la verdad, sencillamente. Vemos, entonces, que es una persona que nos hace crecer, que conocer lo que hizo y cómo vivió nos hace bien, por eso la consideramos fácilmente como maestro y, -aunque la palabra "autoridad" esté tan devaluada-, la consideramos como una autoridad moral, esa autoridad que nada tiene que ver con el autoritarismo; es un reconocimiento que parte voluntariamente de nosotros mismos, y que ella se ha ganado con su vida.

 Este testigo, la autoridad moral, el consejo y el ejemplo, es muy fuerte e importante. Por desgracia, no es infalible, sino que tiene un peligro muy importante: tener por autoridad moral a quien no lo merece. Por eso, las personas que por su posición en la sociedad son consideradas por muchos como autoridad moral, tienen un a grave responsabilidad. Muchos considerarán sus ideas y su ejemplo a la hora de actuar ellos mismos, y de esa forma, de alguna manera son responsables también del buen o mal ejemplo que dan. El mal ejemplo de estas personas es el "escándalo", y merece la condena más dura.

 Pues bien, la primera autoridad moral para un niño son sus padres, es la educación y el ejemplo que sigue en su casa. Cuando esto va mal, el daño para la vida moral es tremendo. Cuando va bien, se convierte en un beneficio que le acompañará toda la vida. El hijo podrá tener malos consejeros y malos ejemplos, pero el buen ejemplo y consejo de sus padres estará presente en él durante toda su vida. Es un gran error la tentación de los padres de claudicar en la enseñanza moral, desesperados de que sus consejos no van a a servir de nada. Si son consejos que parten de la realidad de su vida, sus hijos podrán equivocarse, podrán no hacerles caso, pero cuando sufran las consecuencias del mal camino, serán más capaces de darse cuenta de cuál ha sido la causa, al tener presente lo que sus padres les enseñaron.

 Hay una película que muestra muy bien esta autoridad moral de los padres; se trata de "En el Nombre del Padre", ambientada en la sociedad de Irlanda del Norte. La persistencia del padre en no claudicar y mostrar siempre el buen camino constituye ese asidero al que finalmente su hijo puede agarrarse para salir del mal camino.

 Esta autoridad moral de los padres, en muchos casos se haya parcialmente usurpada por la televisión, que entra en nuestras casas y, a menudo a través de historias con carga emocional, nos educa o deseduca. Ante eso, caben dos actitudes complementarias: apagar o cambiar de canal cuando lo que se ve es inaceptable, y comentar con los hijos lo que está bien y lo que está mal, ayudando a formar su sentido crítico, a aprovechar lo bueno y no dejarse manipular ni contaminar por lo falso.

 Otra autoridad moral son los maestros, los profesores de las escuelas y la universidad. Pero, en la adolescencia, con en fuerte sentimiento de grupo, aparece otra autoridad moral que son los amigos. En esa época, al menos en primera instancia, se acepta antes el consejo de los amigos que ningún otro, incluido sobre todo el de los padres.

 Para los adultos, una forma de autoridad moral es la ley; por eso tantas veces se insiste en la realidad pedagógica de la ley. Por eso es doblemente grave que existan leyes injustas: una ley que considera como bueno, como aceptable, lo que está mal, no sólo lo permite, sino que lo promueve. Es una realidad fácil de observar. Ya decía San Agustín que "la ley injusta no es ley, sino violencia".

 Es claro también que una fuente de autoridad moral para los creyentes son las autoridades religiosas; para éstas vale el mismo consejo  de no "claudicar" que hemos comentado para los padres.

 Y finalmente, una posible fuente de equívoca autoridad moral es lo que llamamos "el mundo", lo que piensa todo el mundo, la opinión mayoritaria. En un sentido rancio, es lo que siempre se ha identificado con "el qué dirán". En la actualidad, presumimos de que nos importa poco "el qué dirán", pero es una mera ilusión; por desgracia, nos seguimos dejando llevar muchísimo por la mayoría, por la dictadura de lo "correcto", sea bueno o malo.

 Es evidente que este ha sido el mecanismo más aprovechado por el abortismo y la teoría de género: entrar en las casas y educar a padres e hijos con la televisión, proponer falsos modelos morales, deseducar en las escuelas, prostituir el efecto pedagógico de la ley y difundir una su puesta "corrección" sobre lo que debe pensar todo el mundo para evitar problemas. Amenazas como las de las "Femen", mujeres desnudas que persiguen a quienes defienden la vida buscan establecer esa dictadura, atemorizar a quien piensa que la vida debe ser respetada y mostrarle a ante todos como un monstruo que merece la peor de las repulsas. Así se mueve la conciencia de las personas para que acepten lo que jamás aceptarían por sí mismas.

 Una forma de promover el abortismo ha sido elegir una mujer que haga de portavoz, que dé una imagen simpática y que promueva el aborto como una forma de liberación de la mujer. Nadie cae en la cuenta de que lo que está diciendo es que para que la mujer sea feliz, es preciso que deje de amar a sus hijos mientras están en su vientre, que es preciso que la sociedad entera deje de respetar al no nacido. Esto se tapa con una imagen simpática y con ideas de libertad. En España, esta imagen simpática fue la diputada comunista Cristina Almeida. En Hispanoamérica es Mónica Roa. Quien las ve, hablando de libertad y de salvar a las mujeres de abortos clandestinos, ve que no tienen cara de asesinas, y queda confundido, expuesto a recibir su mensaje. Esto se completa con encuestas prefabricadas, que hacen creer que la opinión de la mayoría se está desplazando para aceptar el aborto. Esto lo explicó el Dr. Bernard Nathanson, uno de los mayores abortistas y promotores sociales del aborto, que tiempo después se arrepintió y desveló estas manipulaciones. Para contrarrestar la autoridad moral de la Iglesia, se la descalifica e incluso, sobre todo en América, se ha recurrido a financiar grupos de falsos católicos que aprueban el aborto, como las "Católicas por el Derecho a Decidir"; para entenderlo, es como si las empresas tabaqueras promovieran una asociación de "médicos a favor del tabaco" con el fin de que aparezcan en los medios de comunicación. Para deseducar en escuelas y universidades, se ha llegado incluso a establecer y potenciar una nueva y falsa "ética", la "Ética de Mínimos" de Adela Cortina, que tiene la propiedad de pasar por alto toda objetividad moral con el fin de evitar toda condena del aborto. Se considera que algo no sería malo a menos que haya unanimidad en su condena, y por tanto, no sería exigible a nadie. Es la generalización de una ética mundana, la forma de acabar con esa conciencia de la sociedad que es la verdadera ética, que a menudo necesitó ser defendida por minorías. La "Ética de Mínimos" ha sido impuesta por asignaturas escolares de "educación para la ciudadanía" y trata de crear un lenguaje común que descarte cualquier condena del aborto.

 Ya es llamativo que para aprobar algo como el aborto haya que aniquilar un análisis filosófico y racional del asunto: este mismo procedimiento es un testimonio contra la bondad del aborto. Si el aborto fuera bueno, su aprobación iría sustentada con una ética racional, filosófica, basad en argumentos. No es así: para aprobar el aborto ha habido que decir que está bien todo aquello que no es rechazado unánimemente. Es un sofisma que se cae por su propio peso y por la más elemental observación. Si se aplicase la ética de mínimos a los tiempos de la esclavitud, habría que considerar que la esclavitud no estaba mal y que a nadie le sería exigible respetar a los negros como personas.


 Pero volvamos al lado de la luz: para escuchar bien a este testigo, lo primero que hemos de hacer es elegir bien a esa autoridad moral, que sea verdaderamente una persona sabia y virtuosa. En la filosofía antigua esto estaba más claro: para Aristóteles, el hombre sabio es el hombre virtuoso. Esto va en la misma línea de aquello que dijo Jesucristo: "por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7, 20). escuchemos a una de estas personas que se han ganado justamente ese reconocimiento de autoridad moral: la Madre Teresa de Calcuta, a la que hemos mencionado antes:

 "La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decirle a otros que no se maten? ¿Cómo persuadir a una mujer de que no se practique un aborto? Como siempre, hay que hacerlo con amor y recordar que amar significa dar hasta que duela. Jesús dio su vida por amor a nosotros. Hay que ayudar a la madre que está pensando en abortar; ayudarla a amar, aún cuando ese respeto por la vida de su hijo signifique que tenga que sacrificar proyectos o su tiempo libre. A su vez el padre de esa criatura, sea quien fuere, debe también dar hasta que duela".

 "Al abortar, la madre no ha aprendido a amar; ha tratado de solucionar sus problemas matando a su propio hijo. Y a través del aborto, se le envía un mensaje al padre de que no tiene que asumir la responsabilidad por el hijo engendrado. Un padre así es capaz de poner a otras mujeres en esa misma situación. De ese modo un aborto puede llevar a otros abortos. El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere".

"Hay mucha gente muy preocupada por los niños de la India o África, donde mueren tantos de hambre. Mucha gente está preocupada por la violencia en esta gran nación de los Estados Unidos. Está muy bien que estemos preocupados por todo eso. Pero a menudo esa misma gente no se preocupa por los millones de seres humanos aniquilados por decisión de sus propias madres".

"En la India y en todo lugar que visito, insisto en que debemos volver a dedicarle al niño toda la atención que se merece. El niño es un regalo de Dios para la familia. Cada niño ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para cosas grandes, para amar y ser amado. Debemos colocar al niño de nuevo en el centro de nuestro cuidado y preocupación. Este es el único camino para que el mundo siga adelante. Precisamente porque el niño es la única esperanza para el futuro. Cuando los más ancianos son llamados a la presencia de Dios, sólo sus hijos pueden ocupar su lugar".

"Dios nos dice: "Aunque una madre pueda olvidarse de su hijo, yo no me olvidaré de ti. Te he esculpido en la palma de mi mano." Nosotros estamos esculpidos en la palma de Su mano. El niño que todavía no ha nacido ha sido esculpido en la mano de Dios desde su concepción, y ha sido llamado por Dios a amar y ser amado, no sólo ahora, en esta vida, sino para siempre, en la eternidad. Dios no se olvida nunca de nosotros".

"Les confiaré algo hermoso: Estamos combatiendo el aborto con la adopción: cuidamos a la madre y adoptamos a su hijo. De ese modo hemos salvado miles de vidas. Hemos enviado comunidades a las clínicas, diciéndoles: "Por favor, no maten al niño, nosotros nos haremos cargo de él". Siempre hay algunos de los nuestros que les dice a las madres en problemas: "Venga, la cuidaremos y hallaremos un hogar para su hijo". Y así tenemos una gran demanda de niños por parte de matrimonios que no pueden tener hijos. Pero nunca entrego un niño a un matrimonio que haya hecho algo para no tener un hijo. Jesús dijo: "El que reciba a uno de estos pequeños, a mí me recibe." Al adoptar un niño, esos matrimonios están recibiendo al mismo Señor".

"Les pido por favor que no maten a los niños. Yo quiero esos niños: ¡Dénmelos! Estoy dispuesta a aceptar todo niño que se pretenda abortar y darlo a un matrimonio que lo ame y a su vez sea amado por el niño. Sólo en nuestro Hogar Infantil de Calcuta hemos reunido 3,000 niños que han sido salvados del aborto, niños que luego han brindado mucho amor y alegría a sus padres adoptivos".

 En fin, hay muchas más palabras suyas, pero estas son suficientemente claras. Las completaremos con otros tres testimonios: el de Gandhi, el de un político socialista, Tabaré Vázquez, médico y presidente de Uruguay, que vetó la aprobación del aborto en su país, y el de un científico de primer nivel, Jerome Lejeune, que descubrió la base genética del Síndrome de Dowm:

Gandhi; "Es tan claro como el día que el aborto es un asesinato".

Tabaré Vázquez, en su veto al aborto en su país: “El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados; por eso se debe proteger más a los más débiles”.

Jerome Lejeune:

“La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida”. Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos ustedes conocen bien, es también el credo del médico genetista más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un huevo después de su fecundación. (…).
Pero habrá quien diga que, al principio del todo, dos o tres días después de la fecundación, sólo hay un pequeño amasijo de células. ¡Qué digo! Al principio se trata de una sola célula, la que proviene de la unión del óvulo y del espermatozoide. Ciertamente, las células se multiplican activamente, pero esa pequeña mora que anida en la pared del útero ¿es ya diferente de la de su madre? Claro que sí, ya tiene su propia individualidad y, lo que es a duras penas creíble, ya es capaz de dar órdenes al organismo de su madre.
Este minúsculo embrión, al sexto o séptimo día, con tan sólo un milímetro y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de las operaciones. Es él, y sólo él, quien detiene la menstruación de la madre, produciendo una nueva sustancia que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse en marcha.
Tan pequeñito como es, es él quien, por una orden química, fuerza a su madre a conservar su protección. Ya hace de ella lo que quiere ¡y Dios sabe que no se privará de ello en los años siguientes! A los quince días del primer retraso en la regla, es decir a la edad real de un mes, ya que la fecundación tuvo lugar quince días antes, el ser humano mide cuatro milímetros y medio. Su minúsculo corazón late desde hace ya una semana, sus brazos, sus piernas, su cabeza, su cerebro, ya están formándose.
A los sesenta días, es decir a la edad de dos meses, cuando el retraso de la regla es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos tres centímetros. Cabría, recogido sobre sí mismo, en una cáscara de nuez. Sería invisible en el interior de un puño cerrado, y ese puño lo aplastaría sin querer, sin que nos diéramos cuenta: pero, extiendan la mano, está casi terminado, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro… todo está en su sitio y ya no hará sino crecer. Miren desde más cerca, podrán hasta leer las líneas de su palma y decirle la buenaventura. Miren desde más cerca aún, con un microscopio corriente, y podrán descifrar sus huellas digitales. Ya tiene todo lo necesario para poder hacer su carné de identidad. (…).
El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que un pulgar, existe de verdad; no se trata del Pulgarcito del cuento, sino del que hemos sido cada uno de nosotros.
Pero dirán que hasta los cinco o seis meses su cerebro no está del todo terminado. ¡Pero no, no!, en realidad, el cerebro sólo estará completamente en su sitio en el momento del nacimiento; y sus innumerables conexiones no estarán completamente establecidas hasta que no cumpla los seis o siete años; y su maquinaria química y eléctrica no estará completamente rodada hasta los catorce o quince.
¿Pero a nuestro Pulgarcito de dos meses ya le funciona el sistema nervioso? Claro que sí, si su labio superior se roza con un cabello, mueve los brazos, el cuerpo y la cabeza en un movimiento de huida. (…).
A los cuatro meses se mueve tanto que su madre percibe sus movimientos. Gracias a la casi total ingravidez de su cápsula cosmonauta, da muchas volteretas, actividad para la que necesitará años antes de volver a realizarla al aire libre.
A los cinco meses, coge con firmeza el minúsculo bastón que le ponemos en las manos y se chupa el dedo esperando su entrega. (…).
Entonces, ¿para qué discutir? ¿Por qué cuestionarse si estos hombrecitos existen de verdad? ¿Por qué racionalizar y fingir creer, como si uno fuese un bacteriólogo ilustre, que el sistema nervioso no existe antes de los cinco meses? Cada día, la Ciencia nos descubre un poco más las maravillas de la vida oculta, de ese mundo bullicioso de la vida de los hombres minúsculos, aún más asombroso que los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito han encantado a la infancia, es porque todos los niños, todos los adultos que somos ahora, fuimos un día un Pulgarcito en el seno de nuestras madres».

 Podemos citar un testimonio más, de gran valor histórico: el del juramento hipocrático, que hacen desde tiempo inmemorial los nuevos médicos:

 "A nadie daré droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesario abortivo".

  Por último, para los cristianos está claro a quien reconocemos esa autoridad moral, porque ya la tenía siendo Dios y porque se la ha ganado al hacerse hombre, enseñarnos con su palabra y su ejemplo y dar su vida por nosotros: Jesucristo. Él es la autoridad moral que no falla, y la Escritura le llama "Maravilla de Consejero" (Isaías 9,5).

  Las Escrituras nos muestran claramente el respeto por el ser humano aún no nacido. La Virgen María, embarazada de pocos días, es ya reconocida y alabada por su pariente Isabel como "la madre de su Señor" (cf. Lucas 1,43). El autor del Salmo 70 le dice a Dios: 

"En el vientre materno ya me apoyaba en ti, 
en el seno tú me sostenías".

En el salmo 139, se lee:

"Tú creaste mis entrañas,
me plasmaste en el seno de mi madre:
te doy gracias porque fui formado
de manera tan admirable.
¡Qué maravillosas son tus obras!
Tú conocías hasta el fondo de mi alma
y nada de mi ser se te ocultaba,
cuando yo era formado en lo secreto,
cuando era tejido en lo profundo de la tierra.
Tus ojos ya veían mis acciones,
todas ellas estaban en tu Libro;
mis días estaban escritos y señalados,
antes que uno solo de ellos existiera".

Y el Salmo 22 añade:

"Desde el seno materno, Tú eres mi Dios".

En cuanto a Jeremías, se dice en su libro:

"La palabra del Señor llegó a mí en estos términos: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones»" (Jeremías 1,5). 

En la Escritura, esa consideración por el no nacido es constante, y en la Tradición de la Iglesia ha estado presente desde los primeros cristianos ese precepto del "No Matarás" aplicado desde el seno materno. Por eso el Magisterio de la Iglesia reconoce sin ambages la humanidad del concebido, expresa el respeto y el amor que le debemos, y la necesidad de que la ley le proteja. El Catecismo es claro en esto (ver anexo al final). Resaltamos, citado en el Catecismo, el testimonio de la Didajé o "doctrina de los Apóstoles", un texto del siglo I del cristianismo, desaparecido y recuperado en 1873:

 "No matarás al embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido".

 Por tanto, vemos que este cuarto testigo también nos aconseja y ejemplifica  a favor de respetar y amar al no nacido. Vemos también que este ha sido también el testigo más manipulado para promover el aborto. Añadimos que, frente a todo esto, es importantísimo el papel de las asocciaciones provida, que han constituido es verdadero "Pepito grillo" de nuestra sociedad. Pepito grillo, le personaje que le dice continuamente a Pinocho lo que está mal, es la imagen literaria de este cuarto testigo. Verdaderamente, hoy el aborto sigue siendo una cuestión polémica a pesar de todo el poder de sus promotores; por dos razones: en primer lugar, porque en sí es algo antinatural, que va contra el amor de los padres por sus hijos; en segundo lugar, por ese "resto fiel" que ha constituido una conciencia viva, con palabras y con hechos, ayudando a las madres, a los padres, incluso a las mujeres y hombres que han abortado y sufren las consecuencias. La batalla que están librando los "provida" es importantísima. Frente al Goliat del aborto, se han constituido en un nuevo David. Muchos tratarán de "domesticarles" sembrando en ellos la desesperanza y desanimándoles de su denuncia del aborto, pero es imprescindible que sigan adelante.

 Y sobre todo, el mayor y mejor testigo es la Iglesia, en toda su amplitud. Ella es la "ciudad que está en la cima del monte", y nadie escapa a su visión (Mateo 5,14). Ella está llamada a continuar siendo la lámpara que dé ese testimonio de respeto, defensa y amor por el niño o niña aún no nacido, frente a todos los poderes del mundo.

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ANEXO (enseñanza del catecismo de la Iglesia Católica sobre el aborto):

El aborto

2270 La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida (cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 1, 1).
«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jr 1, 5).

«Y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra» (Sal 139, 15).

2271 Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral.

«No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido» (Didajé, 2, 2; cf. Epistula Pseudo Barnabae, 19, 5; Epistula ad Diognetum 5, 5; Tertuliano, Apologeticum, 9, 8).

«Dios [...], Señor de la vida, ha confiado a los hombres la excelsa misión de conservar la vida, misión que deben cumplir de modo digno del hombre. Por consiguiente, se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables» (Gaudium et Spes51, 3).

2272 La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (cf CIC can. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad.

2273 El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye unelemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación:

“Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 3).

“Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho [...] El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda deliberada violación de sus derechos” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 3).

2274 Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano.

El diagnóstico prenatal es moralmente lícito, “si respeta la vida e integridad del embrión y del feto humano, y si se orienta hacia su protección o hacia su curación [...] Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 1, 2).

2275 Se deben considerar “lícitas las intervenciones sobre el embrión humano, siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual” (Instr. Donum vitae 1, 3).
«Es inmoral [...] producir embriones humanos destinados a ser explotados como “material biológico” disponible» (Instr. Donum vitae 1, 5).

“Algunos intentos de intervenir en el patrimonio cromosómico y genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos seleccionados en cuanto al sexo u otras cualidades prefijadas. Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad” (Instr. Donum vitae 1, 6).

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